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El problema crónico del transporte se enreda cada día más

Así como se presentan las cosas, y en vista de la experiencia reiterada al respecto, aquí hay un nudo ciego que nadie se anima a enfrentar de manera frontal, completa y responsable.
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Como era de preverse, ya que al final del pasado año hubo un creciente distanciamiento entre Gobierno y transportistas por el tema del subsidio, en los primeros días del presente año hemos visto resurgir los choques, las rebeldías, los paros y las acciones violentas, siempre en detrimento de un servicio que es tan básico para la población en general. En todo lo que se refiere a este tema tan lleno de aristas y de errores acumulados, lo que estamos percibiendo desde hace mucho es una especie de comedia de las equivocaciones, que tiene ribetes cada vez más traumáticos, sin que se vea hasta hoy por dónde podrían venir los tratamientos verdaderamente correctivos.

El sistema del transporte público empezó a distorsionarse cuando comenzó el reparto arbitrario de permisos de línea. En vez de estructurar un esquema empresarial serio y responsable se fue en la dirección del desorden sin control. No es de extrañar que fuéramos llegando a los extremos que ahora se viven y se padecen. Sólo haciendo una corrección a fondo de dicho sistema, que por supuesto no merece el nombre de tal, es posible superar progresivamente todos los vicios existentes en función de erradicar la anarquía, desactivar los mecanismos perversos y proveer a la ciudadanía de un servicio seguro, estable y de calidad.

A los trastornos básicos se sumó en su momento la práctica pervertidora de los subsidios. Y esto porque los Gobiernos sucesivos no se querían exponer al repudio ciudadano al autorizar aumento de tarifas. Era una especie de trampa muy semejante al chantaje, aunque no se manejara abiertamente de esa forma. Subsidiar para mantener el costo ficticiamente. Esto se ha hecho por largo tiempo, y ha seguido haciéndose hasta que el Gobierno actual lo pretendió parar en seco. Pero el desmontaje de las prácticas viciosas, cuando han tenido coberturas legales consentidas, no se puede hacer de tajo. Bajar el subsidio requiere algún tipo de entendimiento, porque de no hacerlo así la crisis estalla como estamos viendo, y se vuelve a lo mismo con más intensidad: perjudicar al ciudadano que no tiene culpa de nada, pues es la víctima.

Ahora mismo, algunas gremiales han subido arbitrariamente el pasaje, las autoridades sancionan a los rebeldes, se anuncian revocatorias de permisos de línea, hay una creciente tensión entre el sector gubernamental y empresarios transportistas, la violencia callejera empieza a manifestarse, los usuarios ven complicarse sus desplazamientos usuales, y no se advierten indicios de que estas complicaciones vayan a ser tratadas de manera sensata e inmediata.

Así como se presentan las cosas, y en vista de la experiencia reiterada al respecto, aquí hay un nudo ciego que nadie se anima a enfrentar de manera frontal, completa y responsable. Como decíamos, el mal de fondo está en el sistema viciado, que debe ser removido y sustituido por otro que no sólo funcione sino que tenga bases saludables para ser sostenible en el tiempo. La transformación del sistema debe ser encarada entre todos los interesados, porque esta no es hora de centrar la atención en las culpas –que las hay en todos los ámbitos y niveles– sino de enfocarse en las soluciones correctoras y definitivas.

Para llegar a ello es preciso hacer que el buen tino impere en todos aquellos que tienen incidencia tanto en el servicio como en los controles del mismo. De la confrontación a secas nadie a la larga obtiene beneficios, sino más bien se da lo contrario: todos a la corta y a la larga salimos perdiendo.

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  • Transporte
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