Lo más visto

El problema del tránsito vehicular y un metro que no fue

Este no es un tema trivial. Se trata de un problema que afecta la salud física y mental de miles de personas, cuya calidad de vida se ve disminuida cotidianamente.
Enlace copiado
Enlace copiado

Las tensiones que produce y la contaminación que genera el congestionamiento vehicular causan daños incalculables. Y es un problema que afecta seriamente la economía del país, por el cuantioso número de horas de trabajo productivo desperdiciadas y por el obligado consumo extra de combustibles y desgaste de equipos.

Es evidente que en la ciudad capital el número de vehículos sobrepasa con mucho su estructura vial, causa principal de las estresantes “trabazones”. Dicho de otra manera, sobran vehículos o faltan calles, sobre todo cuando el miedo a la delincuencia hace que los vecinos privaticen calles públicas para convertirlas en vías particulares con cierres a capricho, obstruyendo la circulación incluso en arterias que enlazan con calles importantes e intercomunican sectores o áreas críticas para el tráfico. ¿Quién autoriza tal arbitrariedad, atentatoria contra el bien público y el derecho a la libre circulación? Hace falta que se haga sentir la autoridad para terminar con esta anarquía.

Se ha publicado que en el país circulan cerca de 1,300,000 vehículos y que una millonaria cantidad de “licenciados” los conducen. Estas impresionantes cantidades para un país de menores recursos originan ingresos al gobierno de varios cientos de millones de dólares anuales, pero el reordenamiento del tránsito vehicular se reduce a parches o experimentos. La buena voluntad para una solución existe, pero no la visión integral del presente y el futuro del problema.

Con los dineros recaudados por la obtención o renovación de licencias de conducir, impuesto a carros nuevos, FOVIAL, matrículas anuales de vehículos y multas, hay para destinar una buena parte a la apertura de nuevas vías que ya se hacen imprescindibles: amplias avenidas de tránsito rápido de este a oeste y de norte a sur, el inconcluso anillo periférico y un par de carreteras urbanas expresas (“freeways” como el bulevar Monseñor Romero) sugeridas en diversos planes de desarrollo urbano. Para obras de progreso como estas deberían servir los abundantes ingresos que el gobierno percibe de transportistas públicos y automovilistas particulares. No se trata de lujo, para nada, sino de facilitar el trabajo y la salud de la gente, logrando así tener un país más productivo y atractivo para la inversión propia y extranjera. No hay que ir muy lejos para encontrar buenos ejemplos de desarrollo urbano, como son los de Tegucigalpa y San José, Costa Rica.

En los años ochenta del pasado siglo, en plena guerra ¿civil?, nuestro país no había roto relaciones con Checoslovaquia, hoy dividida en dos. El embajador checo en Costa Rica, que era también embajador recurrente aquí, y yo, que representaba a El Salvador, hicimos una buena relación y me dijo cuando nos conocimos: “No somos un país comunista; somos un país invadido por la Unión Soviética”. Y meses después me llamó “para presentarme un proyecto especialmente diseñado como muestra de amistad del pueblo checo para todos los salvadoreños: un metro para San Salvador, en cuya construcción se aprovecharía básicamente las barrancas de la ciudad. Esta megaobra costaría solamente 300 millones de dólares, pagaderos a largo plazo y con muy bajos intereses. Es un donativo”, afirmó.

Sin embargo, el entorno político generado por la guerra hizo imposible aprovechar tan singular propuesta. ¡Cómo ayudaría hoy ese metro a la solución de nuestros problemas de tránsito y transporte público!

Lee también

Comentarios