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El próximo período presidencial debería ser un escenario propicio para generar oportunidades y corregir prácticas nefastas

Lo que necesitamos es que la próxima gestión presidencial responda a las mejores señales de la evolución para que sea capaz de merecer la confianza plena del conglomerado y cuente así con los apoyos que se requieren para superar lo malo que aún persiste y estimular lo bueno que continúa rezagado.
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Estamos en un punto clave de nuestra evolución democrática, y esto no es casual, porque el proceso que viene manifestándose en el país desde que se dio el fin del conflicto bélico por la vía negociada es una sucesión de momentos en los que la dinámica del proceso nacional se ha venido manifestando en forma progresiva, poniendo los hitos de una nueva realidad, que es la que nos toca impulsar para que el país salga de veras adelante. Lo que los hechos demuestran a lo largo de todo este tiempo es que no ha habido un suficiente compromiso nacional para saldar las cuentas estructurales que siguen pendientes y para hacer que todas las dinámicas en marcha se encaminen hacia un fin común, que debe ser sin duda el mejoramiento real de las condiciones de vida y el desarrollo integral de la nación en su conjunto.

La falta de oportunidades para que la gente pueda salir adelante, y muy en especial los jóvenes que están iniciando su trayecto de vida, constituye sin duda uno de los factores que más inciden en el deterioro de la situación nacional. Si algo impulsa a los connacionales a emigrar a toda costa, aun exponiéndose a peligros de las más variada índole, es la búsqueda angustiosa de oportunidades para construir una vida mejor, y ese propósito no dejará de estar presente aunque las políticas de contención en el principal lugar de destino, que es Estados Unidos, se vuelvan crecientemente flagelantes.

Esto, por nuestra parte, debe estimular una política mucho más comprometida y eficiente en la construcción de oportunidades dentro del país, para servir a la gente y para estimular el desarrollo nacional al mismo tiempo. En tal sentido, el que estemos en vísperas de iniciar un nuevo período presidencial, que presenta características novedosas por la misma dinámica evolutiva en la que estamos inmersos, debería acelerar el propósito de que se pongan en acción estrategias de crecimiento económico y de estimulación social que abran nuevas perspectivas para todos los salvadoreños, sin excepciones ni sesgos de ninguna índole.

La problemática que se vive debe servir como acicate para recomponer las líneas de acción de toda la política pública, porque ya no tiene ningún sentido que los gestores institucionales, sin importar de dónde procedan ni la línea de pensamiento a la que pertenezcan, sigan encerrados en sus concepciones propias ni mucho menos atrapados en sus prejuicios tradicionales. Es hora de la creatividad abierta, y hacia ahí tendrían que dirigirse tanto la dinámica gubernamental que está por instalarse como los enfoques del conglomerado social en pleno.

Lo que necesitamos es que la próxima gestión presidencial responda a las mejores señales de la evolución para que sea capaz de merecer la confianza plena del conglomerado y cuente así con los apoyos que se requieren para superar lo malo que aún persiste y estimular lo bueno que continúa rezagado.

Lo más importante en las circunstancias actuales es crear sin más tardanza las condiciones para un auténtico cambio de rumbo en el quehacer nacional, como viene reclamándolo la ciudadanía con insistencia tenaz. Hay que hacer que el país se vuelva espacio propicio para generar prosperidad en todos los órdenes.

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