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El punto clave está en tener más disciplina de aquí en adelante

El país y su proceso ya no soportan el desorden de la indisciplina, y en eso, para empezar, deberíamos estar todos de acuerdo.
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Pese a todas las resistencias que se van presentando en el día a día de la realidad nacional, lo único que puede funcionar para darle estabilidad a la situación fiscal del país es la disciplina. Esto es tan evidente que quien no lo vea es sencillamente porque no quiere verlo. Y tal disciplina es requerida en las distintas áreas del manejo de las finanzas públicas; es decir, en lo referente a los ingresos, en lo que toca al gasto y en lo concerniente al endeudamiento. Continuar actuando, en cualquiera de estos ámbitos o, peor aún, en todos ellos, con el alegre desenfado con que se ha venido haciendo, es apostarle constantemente a la crisis.

En lo que toca a los ingresos, hay vías aparentemente fáciles, como es el aumento de la carga tributaria. Pareciera que sólo basta con tener a favor un número de votos suficientes en la Asamblea Legislativa; sin embargo, la cuestión de impuestos no sólo es punto de voluntades alineadas sino de medición anticipada de impactos en todo el aparato económico del país. Y más cuando el tema no se maneja con racionalidad sistemática, sino por impulsos de momento, como ha sido y es usual entre nosotros. Ahora lo que tendría que impulsarse en serio es el pacto fiscal, no de ocasión sino de proyección. Hacerlo es un imperativo inexcusable de realidad.

El gasto es, sin duda, lo más reacio a la disciplina, porque ahí se mezclan necesidades reales y propósitos de imagen. Esto se tiende a dar en todas partes, y la sabiduría de gestión consiste en saber balancear ambos componentes, de tal manera que quede garantizado un principio insoslayable: la sostenibilidad. Para el caso, en el punto de las ayudas para aliviar las carencias de los sectores más desprotegidos de la población, hay que tener mucho tino y cuidado para no caer en el círculo de las demandas sin fin. Esto implica saber distinguir responsablemente entre lo que es aporte social solidario y lo que es inversión social. El aporte social ayuda a la supervivencia; la inversión social busca transformar las condiciones de vida.

Y en lo atinente al endeudamiento, estamos en límites que no admiten continuar en la superficialidad habitual. No tenemos política nacional de endeudamiento, y esa es una falla muy grave. Las experiencias se van acumulando. Para el caso, de los 800 millones obtenidos de la colocación de bonos en diciembre pasado, 400 se han destinado ya a reestructurar deuda de corto plazo. La medida es razonable en principio. Pero aquí surge un punto que hay que destacar: también habría que disciplinarse en la contratación de deuda de corto plazo. No podemos funcionar indefinidamente bajo el criterio de “coyol quebrado, coyol comido”, y menos aún querer vivir más allá de nuestras posibilidades, lo cual siempre conduce al desastre.

De todo lo anterior se colige con facilidad que lo que hay que implantar en el país es un sistema disciplinario abierto, flexible pero integrador y eficaz, tanto en el funcionamiento público como en el desempeño privado. Para esto también se necesita, desde luego, el concierto de las voluntades nacionales. El país y su proceso ya no soportan el desorden de la indisciplina, y en eso, para empezar, deberíamos estar todos de acuerdo.

Desafortunadamente, la política ha venido dando el mal ejemplo en este campo, y por eso hay tantas demandas y reclamos en su contra desde los diversos ámbitos y ángulos ciudadanos. Por ahí tendría que comenzar la reconversión correctiva de las conductas.

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