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El que nada debe, nada teme

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Me he tomado la libertad de nombrar este artículo con ese refrán, debido a que refleja una verdad profunda de la honestidad misma, de la integridad y de los valores que debe representar todo aquel que se ha desarrollado o se desarrolla, como parte de los liderazgos de un pueblo o de una nación.

La Ley de Amnistía de El Salvador data de 1993, es decir más de un año después de la firma de los Acuerdos de Paz, que se rubricó en Chapultepec, México. Es más, vino a derogar la Ley de la Reconciliación Nacional del 25 de enero de 1992, que fue la que permitió que la guerrilla salvadoreña pasara a formar parte de la vida política de nuestro país.

Lo que logro analizar es que la famosa Ley de Amnistía vino a asegurar que los que habían cometido delitos de lesa humanidad o crímenes de guerra, acorde con lo que establece la Segunda Convención de Ginebra de 1949, quedaran excluidos de la justicia nacional, evitando la persecución legal y justa, de los criminales de la época. Esto lo digo sin importar de qué bando eran.

La derogación de la Ley de Amnistía, a que me refiero, es una deuda humana para con los hijos de esa ley, es decir, para con aquellas personas que tuvieron que tragarse su sed de justicia, en aras de la sociedad salvadoreña y su paz. Pero esta sentencia no es un permiso para matar o para vengarse, es un catalizador de la madurez política de cada uno de nosotros, no es la destrucción de un sistema o de un país, es simplemente reafirmarnos que los pecados de guerra o contra la humanidad se pagan en esta vida y no pasan desapercibidos ante la justicia, ya sea humana o divina, todo depende del ojo con que se mire.

Desde de mi punto de vista anterior, debo aclarar que nadie está autorizado a abrogarse el mote de “defensores de instituciones”, ya que hacer esa defensa se torna en un descarado encubrimiento de algo que no necesita ocultarse, porque las instituciones no cometen delitos ni crímenes, son los miembros de su cuerpo formativo los que comenten los hechos punibles, por lo tanto queda claro que abanderarse defensor es querer manipular a un pueblo, para cubrir delincuentes y desprestigiar a los que nos aclaran y defienden las leyes.

Es tan desatinada esa labor de querer cubrir a criminales, que llega al grado del insulto a los dolientes y del pueblo mismo.

Pero, ¿qué hacer ante esta oportunidad? Primero debemos apegarnos a la esencia de la resolución, luego debemos evaluar qué es lo que queremos alcanzar para nuestro beneficio; tercero, se tiene que tomar el tiempo de ver atrás y sopesar si lo que se revivirá vale la pena y, por último, pensar en el mañana que le dejaremos a nuestros hijos.

Sí, es cierto que debemos ser valientes y hacer valer nuestros derechos, pero así como el perdón no revive al muerto, tampoco la venganza nos devuelve la felicidad perdida.

La ley del Talión o el ojo por ojo nos dejará ciegos si la seguimos aplicando; estos 24 años deben habernos ayudado a soportar el dolor, pero también reconozco que hay casos que se deben llevar al banquillo de los acusados, de izquierda a derecha, porque tampoco es justo que los que dañaron a otros se sigan bañando en el manantial del leproso, obteniendo solamente bendiciones y perdones mediáticos.

Soy salvadoreño y he pedido justicia. Se me ha dado, sabiamente la utilizaré.

Tags:

  • amnistia
  • acuerdos de paz
  • perdon
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