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El recuerdo imborrable de una película fuera de serie

La actriz, que hacía sólo tres años se había consagrado en el papel de Doña Bárbara, vuelve su caracterización un testimonio inolvidable, como sólo ella podía hacerlo.
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El 8 de julio de 1946, hace 70 años como si hubiera sido ayer, inició el rodaje de la película “Enamorada”, uno de los clásicos de la Época de Oro del cine mexicano. Los protagonistas fueron María Félix, Pedro Armendáriz y Fernando Fernández. La dirección estuvo a cargo de Emilio “El Indio” Fernández, una verdadera celebridad de la época. Y la fotografía, que es realmente cautivadora, la realizó Gabriel Figueroa, un maestro del paisaje rural. Hay que destacar, en el plano musical, la participación del Trío Calaveras, conjunto emblemático de la canción campesina mexicana, que en la escena más célebre de la película interpreta “Malagueña” de manera genial.

La historia es muy propia de aquel gran momento del cine mexicano: un contingente revolucionario, encabezado por el General José Juan Reyes, interpretado por Pedro Armendáriz, se posesiona de la conservadora ciudad de Cholula para seguir su campaña de avance. La idea básica es despojar a los residentes más poderosos de sus posesiones en beneficio de la Revolución. Entre ellos está en primera línea don Carlos Peñafiel, que tiene una hija de personalidad excepcional para la época y que es interpretada por María Féliz. La actriz, que hacía sólo tres años se había consagrado en el papel de Doña Bárbara, vuelve su caracterización un testimonio inolvidable, como sólo ella podía hacerlo.

La única persona del pueblo que tenía con el General Reyes una relación de confianza era el sacerdote Rafael Sierra, interpretado por el crooner Fernando Fernández, hermano de “El Indio” Fernández. En años posteriores, Fernando Fernández protagonizó una serie de películas de éxito, varias de ellas con una de las grandes rumberas de la época: Meche Barba. El padre Rafael trata de moderar los impulsos del General Reyes, que se ha enamorado caprichosamente de Beatriz Peñafiel luego de que ella, en una serie de escenas a la vez dramáticas y jocosas, le demostrara su personalidad que no parecía doblegarse ante nada. Beatriz estaba en vías de casarse con un gringo al que no quería, y eso ponía otra nota conflictiva en la trama.

El General Reyes vence su orgullo machista ante la seductora e irresistible arrogancia de Beatriz, y hay al respecto una escena verdaderamente clásica: una noche, el General le lleva serenata a Beatriz, le declara su amor desde la calle frente al balcón, y como él no canta las que lo hacen son las voces del Trío Calaveras. La canción elegida es de las eternas: Malagueña: “Qué bonitos ojos tienes debajo de esas dos cejas, debajo de esas dos cejas qué bonitos ojos tienes… Ellos me quieren mirar pero si tú no los dejas, pero si tú no los dejas ni siquiera parpadear…” Un son huasteco de la autoría de Elpidio Ramírez y Pedro Galindo. Mientras el trío interpreta, la pantalla es un close-up espectacular de los ojos de María.

El General Reyes se ha sensibilizado profundamente por el amor que siente por Beatriz, y en ella también ha ido calando el sentimiento. Las tropas del Gobierno se acercan a la ciudad, y el General, en vez de hacerles frente, ordena la retirada. La boda entre Beatriz y el gringo está por realizarse. Suenan estallidos en los alrededores. El padre Rafael llega al lugar de la boda y anuncia que no hay problema, que el General Reyes no dará batalla y que va de retirada. Beatriz se conmueve, inmediatamente antes de dar el sí. El novio le ha regalado un collar de perlas, y ella de pronto lo rompe en su cuello y todas las perlas ruedan por el suelo. Entonces se retira a prisa del lugar ante el desconcierto de la concurrencia. Va al encuentro de la caravana del General y sus soldados y soldaderas, que avanzan a pie detrás de las cabalgaduras de sus hombres, al estilo de aquellos tiempos. Beatriz se suma a la caravana, a la par del caballo del General. Triunfo del amor. Y Gabriel Figueroa tiene unas tomas finales francamente insuperables.

“Enamorada” mereció el reconocimiento internacional en su momento, comenzando por la nominación a la Palma de Oro del Festival de Cannes en 1947; pero lo más importante es su magia comunicativa, que hoy tiene un gran poder nostálgico. Yo la vi mucho tiempo después, y desde entonces está en la breve lista de mis películas entrañables. La escena en la que Fernando Fernández, el crooner, interpreta el Ave María de Schubert con una prestancia intrépida, es de las que nunca olvido. ¡Qué mágico es recordar viviendo!

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