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El reo que enseña griego

Toni se acaba de graduar de licenciado en Teología. Tiene 36 años de edad, los cuales los ha vivido así: los primeros 8 sin padre; desde los 9 soportó a un padrastro que lo maltrató hasta desesperarlo y empujarlo a la calle a vivir sin rumbo desde los catorce abriles que había contado en medio de la pobreza.
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Desde esa edad las Navidades, los años de inicio de clases, las vacaciones de verano y los días de la madre los celebró solo, sin nadie a quien le importara el niño, el adolescente y joven, que un día terminó en los pasillos de un juzgado: señalado por las autoridades que, sin tener pruebas, dijeron es el responsable de un crimen, que muchos en la vecindad sabían que era el resultado de una riña pasional de otros que como fantasmas desaparecieron.

Toni tenía 18 años de edad. Sin necesidad de un tribunal, sino solo un “Juez”, que no valoró más que el deseo de venganza de sus propios miedos, disparó contra el joven una sentencia que para muchos sería el final de una historia marcada por la desgracia. Cerró las puertas de la calle y vio abrirse las de una cárcel, donde terminaría de hacerse adulto durante nueve años.

El mismo sistema que lo condenó le abrió una rendija para escaparse a la libertad de sus sueños, deseos de superación y un recomenzar. Unos meses después tomó dos decisiones importantes: Su fe no sería encarcelada y le dio libertad, abrazó una idea de un Jesús que caminaba en los pasillos de la cárcel buscando seguidores.

La otra decisión fue una actitud militante de sus propios cambios. Aprender de lo poco que el sistema ofrecía: electricidad, soldadura, fontanero, mecánico y panadero. Lo que fuera. Se preparó cuanto pudo. Hasta que llegó el día que el sistema le evaluó y le dio una oportunidad: Libertad condicional 10 años antes de cumplir su pena tras las rejas.

Con una libertad a medias, Toni intenta trabajar con el apoyo de su madre que ha dejado al padrastro maltratador; durmió en el cuarto de un taller, hizo trabajos de soldador, albañilería, pinta casas y ordenanza de una escuela. Un programa de los Centros Penales le da la oportunidad de estudiar inglés y computación. Se gradúa del curso, pero quiere más.

Un capellán de una Universidad Evangélica le da la mano y le beca cinco años de estudios teológicos. Este hombre está corriendo a una meta que a veces se aleja por la falta de fondos para comer, trasladarse o sobrevivir. Algunos compañeros universitarios le discriminaron por el condenado de asesinato que comparte sus asientos de grado.

En una soleada mañana de verano-invierno en El Salvador Toni se despierta más temprano que de costumbre. No es para menos, ese día dejará de ser el reo, el interno, el acusado o el condenado. Será el licenciado en Teología Toni Chávez López, graduado universitario, obrero de la soldadura y padre de dos hijas, de una de ellas es padrastro pero no la maltrata, la ama igual que a su hija de sangre. El Jesús que conoció en la cárcel le ha enseñado una forma distinta de vivir.

Es el año 2015, año de su libertad total. Ya no tiene que firmar su buen comportamiento en libertad condicional y lo que sí debe firmar y de eso no se salva son las tareas y los exámenes de sus alumnos, a los que les enseña Griego en las aulas universitarias, como catedrático del conocimiento, de la vida y como expresidiario, que sabe que la fe y la actitud son vitales para cambiar el rumbo de las cosas.

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