El repunte constante de la violencia tiene que ser el primer desafío que hay que encarar a fondo y con todo

De seguir las cosas como están, pasaremos muy pronto al escenario más deplorable: aquel en que la ley vigente sea sustituida totalmente por la ley de la selva.
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Hay datos de la realidad que son verdaderamente escalofriantes, porque indican sin ningún género de duda que el accionar criminal está fuera de control en el ambiente y golpea cada vez con más fuerza la normalidad tanto de la vida ciudadana como del desempeño institucional. Cuando comprobamos que marzo recién pasado fue el mes más violento de los últimos años, con 481 homicidios consumados, ya no es posible dejar estar las cosas como están. Si además se constata que en 2014 hubo más de 1,800 desapariciones de personas, la alarma se dispara de nuevo. Y a esto hay que agregar, para que el panorama se vuelva aún más desolador e inconcebible, que en lo que va de 2015 las muertes violentas de agentes de la PNC suman ya hasta ayer 19 víctimas, lo cual incrementa notablemente las cifras respectivas de 2014. Estos son números gruesos: el fenómeno tiene aristas y detalles muy particularizados, según sean los delitos y las zonas de incidencia de la criminalidad.

Es claro hasta la saciedad que no podemos seguir así. Esta conclusión se reitera una y otra vez, pero aún no se ven señales concretas de que las cosas en el terreno tiendan a revertirse a favor de la ley y de la institucionalidad. No se trata sólo de crear mecanismos de protección para las eventuales víctimas, sean ciudadanos comunes o miembros de las estructuras institucionales: se trata de ir a la ofensiva, con la ley en la mano y con todos los recursos disponibles, para poner al crimen, en todas sus formas, bajo el debido control, con miras a lograr su erradicación progresiva. Y como los argumentos tienden a dislocarse a la luz de lo que sucede, hay que dejar bien claro que no es cosa de responder a la violencia con violencia, sino de imponer el imperio de la ley, con todas las posibilidades que la misma ley provee.

Sabemos, porque así lo demuestran los hechos del día a día, que la organización criminal se ha venido sofisticando y pertrechando de manera progresiva. Hoy usa métodos de comunicación de punta y opera con armas que son propias de los ejércitos legales. Lo que siempre fue una característica propia de la organización del crimen: el actuar sin ningún escrúpulo ni contención, es hoy la credencial del accionar con todo y contra todo lo que se le ponga enfrente.

De seguir las cosas como están, pasaremos muy pronto al escenario más deplorable: aquel en que la ley vigente sea sustituida totalmente por la ley de la selva. Ni la institucionalidad ni la sociedad pueden permitir que eso llegue a consumarse. Y por ello la institucionalidad y la sociedad tienen que empezar a funcionar en equipo para iniciar la recuperación de todos los espacios perdidos, sean geográficos o estratégicos. En la implementación de esta lucha, porque eso efectivamente es, no se puede perder ni un minuto más.

La violencia nos está desestructurando de manera creciente. Temas como la emigración están hoy ligados a ella de manera directa. El Salvador, que tiene tantas potencialidades disponibles, no puede dedicarse a desplegarlas porque la incidencia del crimen es un valladar del más alto efecto desmotivador. Necesitamos emprender ahora mismo esta cruzada de salvación nacional, que requerirá mucho empeño, mucha valentía y mucho sacrificio.

Fenómenos como éste no se pueden revertir a plazo fijo. Hay que decidirse a aplicar la eficiencia y la perseverancia requeridas. Es, para la normalidad nacional, cosa de vida o muerte.

Estamos inmersos en una situación de inseguridad que va adquiriendo proporciones de plaga incontrolable. Eso es lo que siente la ciudadanía honrada, que tiene que moverse a diario en un ambiente de alta peligrosidad, en el que cualquier cosa puede pasar, a la luz de que las estructuras criminales, que presentan formas de organización cada vez más sofisticadas, hacen de las suyas a diestro y siniestro, sin que hasta el momento parezca haber reacciones institucionales capaces de ponerle coto a tan desesperante situación. No es de extrañar, entonces, que haya un sentimiento de creciente reclamo entre la población, que no está segura en ninguna parte ni sabe en qué lugar puede ser víctima de la violencia.

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