El rol de la familia como inspiradora y como educadora

Estamos en mayo, que trae además el Día del Trabajo, el Día de la Cruz, el Día de la Virgen de Fátima… Es como un vivero para darle aliento a la reflexión sobre lo que somos y sobre lo que queremos ser.
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El próximo martes 10 de mayo se celebrará, como todos los años, el Día de la Madre, que empalma en junio con el Día del Padre y con el Día del Maestro. Trilogía virtuosa de cuyo buen desempeño depende en gran medida que los individuos funcionen bien como tales y que la sociedad en su conjunto pueda desenvolverse evolutivamente en forma satisfactoria. En verdad no es posible imaginar una práctica de vida de resultados previsiblemente beneficiosos para todos si los factores familiares están desintegrados o carecen de la debida responsabilidad en el cumplimiento de sus deberes y si el factor educativo padece carencias o trastornos que inhabilitan o limitan su accionar en el terreno de los hechos.

Desde luego, tanto la familia como la escuela –en los diversos niveles de ésta— son entidades que funcionan en el escenario de la vida, y por ende están sujetas a la evolución propia de los tiempos sucesivos, aunque las esencias respectivas se mantengan intactas en el fondo. Pero lo que en ningún caso o circunstancia hay que perder de vista, y el mismo devenir histórico así lo evidencia a cada paso, es que la familia y la escuela, en sus respectivos espacios de acción y de interacción, siempre aparecen como los factores decisivos del ser y del hacer del ser humano en el tiempo, sean cuales fueren las singularidades, las alternativas, los desafíos y los matices propios de cada momento histórico.

Nuestro país, con sus características tan identificables, viene viviendo en el curso de los siglos y de los años una trayectoria que se caracteriza, en primer término, por los avatares que nunca se cansan de surgir en el trayecto. Tenemos que partir de la base de que el nuestro es un típico país de emigración, y así ha sido desde siempre. Esto genera un sello profundo en la interioridad de la conciencia nacional. Si algún día se tendrá que emigrar, por las circunstancias que fueren, la tendencia espontánea es a ver más hacia las alas que hacia las raíces, lo cual sin duda crea condiciones anímicas y actitudinales muy específicas, que se manifiestan a cada instante en nuestro diario vivir, sea individual o colectivo.

Desde luego, el ideal para cualquiera es contar con una familia debidamente funcional y con una escuela adecuadamente formativa. La funcionalidad de la familia sólo prospera cuando no hay indiferencia ni hay sobreprotección. Lo básico es el equilibrio sano, tanto de las emociones como de las acciones. Pero el ser humano, con las fuerzas interiores que tiene a su disposición, también puede sobreponerse a las carencias familiares y a las inoperancias educacionales. El poder anímico propio es, en definitiva, el que determina la suerte de cada quien; y dicho poder es el que hay que potenciar, desde el hogar cuando hay hogar y desde la fuerza creadora que surge del alma cuando ésta ha de valérselas por su cuenta y riesgo.

La sociedad, en todas las formas y según todos los métodos a su alcance, tiene que construir de manera constante y progresiva la familia y la escuela que respondan a las condiciones y a las proyecciones del respectivo ser societario. Familia inspiradora y educadora; escuela vivificante y edificante. Todo ello exige una base de conciencia que hay que ir tejiendo sobre las estructuras existentes y por existir. La conciencia familiar y la conciencia escolar son y deben ser una misma, cada una de ellas con sus respectivas expresiones identificatorias.

Si pudiéramos preguntarle individualizadamente a los distintos seres humanos sobre su experiencia familiar y sobre su experiencia educativa, de seguro tendríamos un catálogo infinito de respuestas. Cada cabeza es un mundo, dice la sabiduría popular; también, agreguemos, cada familia es una historia y cada escuela es un paisaje. Aunque hay esquemas básicos definidores, lo que se vive es justamente la vivencia personalizada. Y mayo, con su frescura esperable, es un período ideal para ponerse a pensar en todas estas realidades posibles.

Estamos en mayo, que trae además el Día del Trabajo, el Día de la Cruz, el Día de la Virgen de Fátima… Es como un vivero para darle aliento a la reflexión sobre lo que somos y sobre lo que queremos ser. El ser humano es una fábrica de amuletos reveladores y motivadores. Y en estos días esa fábrica quiere moverse a todo pulmón. Hagámosle caso al anhelo.

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