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El rol de la familia debe ser replanteado y revitalizadoen todos los niveles de nuestra vida social

Si la familia, como ente básico de la vida, no cuenta con los sustentos adecuados para poder desempeñar su misión formadora y protectora de los seres humanos que la integran, es la sociedad entera la que tiene que pagar las facturas de tal inoperancia.
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La Prensa Gráfica

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Hace unas pocas semanas se estuvo conmemorando el Día de la Madre y ayer, 17 de junio, tuvo lugar la celebración del Día del Padre. Estas fechas, que traen consigo tanta carga emotiva de carácter personal y familiar, representan a la vez un momento propicio para reflexionar sobre el decisivo rol que desempeñan los vínculos más estrechos entre los seres humanos en la configuración de las estructuras fundamentales de cualquier sociedad a lo largo y a lo ancho del mapamundi, que hoy tenemos todos a la mano como nunca antes. No hay duda de que los que estamos presentes en esta hora del mundo tenemos a nuestra disposición un cúmulo de instrumentos de comunicación que hubieran sido inimaginables hasta hace muy poco, pero a la vez estamos crecientemente necesitados de identificarnos como sujetos emocionalmente expuestos a las tensiones de una realidad cada vez más inclemente e inhóspita.

Si algo se hace cada vez más imperioso en los diversos niveles de nuestra realidad nacional es reconocer a la familia como la fuerza originaria de todas las otras expresiones sociales. Si la familia, como ente básico de la vida, no cuenta con los sustentos adecuados para poder desempeñar su misión formadora y protectora de los seres humanos que la integran, es la sociedad entera la que tiene que pagar las facturas de tal inoperancia. Esto le hemos venido viendo, sintiendo y padeciendo en el país desde que comenzó el deterioro de las estructuras familiares y sociales allá al inicio de la segunda mitad del pasado siglo.

La guerra interna fue un factor altamente depredador de la normalidad en todas las formas imaginables. Quedó, entonces, luego de que la guerra llegó a su fin, un panorama donde la reconstrucción era el reto máximo. Desafortunadamente, no se hizo todo lo que había que hacer al respecto, y transcurrido más de un cuarto de siglo desde la firma de la paz, lo pendiente sigue teniendo gran volumen. Y entre lo más difícil está la restauración de las estructuras familiares, que continuaron deteriorándose por los flagelos supervenientes, como son la criminalidad desbordada y la emigración imparable.

Hoy más que nunca se están sintiendo en el ambiente los efectos nefastos de todas esas adversidades. Ayer, 17 de junio, se celebró, como es tradición, el Día del Padre, y la oportunidad invita a reconocer la trascendencia de una familia bien constituida, que provea felicidad y seguridad a todos sus componentes. Los dos elementos sustentadores de la potencia familiar, el padre y la madre, tienen que hacer cada quien lo suyo para que el núcleo pueda desarrollar todas sus potencialidades humanizadoras. Si eso no se da, la sociedad entera padece las aflictivas consecuencias. Siempre es oportuno ponerlo en evidencia para que no se dejen pasar fechas como las mencionadas con la frívola superficialidad que se ha venido haciendo tan común en estos tiempos.

Hay que darles relieve en los hechos a los valores que sustentan nuestra identidad como nación y como sociedad, porque sólo en esa forma se hará posible que todos los habitantes del país encuentren sus propias rutas de progreso.

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