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El rol de la sociedad civil tiene que hacerse sentir en todos los aspectos y sentidos de la vida nacional

Lo que en realidad estamos presenciando los salvadoreños en este momento específico de nuestra evolución como sociedad y como institucionalidad es el replanteamiento del rol de la ciudadanía dentro de la dinámica participativa que es propia del quehacer democrático.
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La Prensa Gráfica

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Si algo se ha vuelto un fenómeno cada vez más notorio y significativo en la dinámica actual del país es la presencia creciente de la ciudadanía en prácticamente todos los aconteceres que se van dando en el ambiente, como parte viva del quehacer democrático en marcha. Dado que dicha presencia tiene relativamente poco tiempo de estarse manifestando como tal en las formas y con las proyecciones actuales, lo primero que se activa es el juego de las opiniones ciudadanas sobre los diversos temas y problemas que están sobre el tapete; pero también se ha vuelto mucho más relevante el papel aleccionador de la ciudadanía en las urnas, según se vio a las claras en el evento electoral del recién pasado 4 de marzo, donde aparte de las decisiones en sí hubo un flujo de mensajes con destinatarios diversos. Y todo esto engarza en lo que podríamos llamar un nuevo enfoque y un nuevo ejercicio de la participación.

Tenemos, sin embargo, que tener muy presente el hecho cierto y comprobable de que también este flujo de participación ciudadana, que de seguro continuará incrementándose en el curso del tiempo, debe ser bien comprendido y bien asimilado por todos los actores en juego, comenzando por la ciudadanía misma. Se trata, pues, de un aprendizaje del cual nadie puede quedarse al margen, porque si eso ocurre se estarían reproduciendo los comportamientos ineficientes que tanto le han hecho perder al país y que han provocado tantos desajustes en un proceso que tiene todos los elementos e ingredientes para hacer viable una forma nueva de funcionamiento nacional.

Lo que en realidad estamos presenciando los salvadoreños en este momento específico de nuestra evolución como sociedad y como institucionalidad es el replanteamiento del rol de la ciudadanía dentro de la dinámica participativa que es propia del quehacer democrático. Esto lo vemos, por ejemplo, en situaciones políticas muy concretas, como es la selección de candidatos para ir a ocupar las primeras posiciones del aparato estatal, comenzando por la Presidencia de la República. A raíz de una reforma legal que vino a ciudadanizar dicha selección, las cúpulas partidarias, que antes tenían la primera y la última palabra al respecto, hoy tienen que aceptar que los candidatos surjan del voto directo de la respectiva militancia, haciendo que dichos candidatos tengan que estar más vinculados al pensar y al sentir de la gente.

La mejor señal que surge de todo ello es que nuestra democracia, pese a todas las pruebas de resistencia y de consistencia que le aparecen constantemente en el camino, va ganando solidez en la medida que se mantiene firme y dispuesta a seguirse desempeñando como tal. Si comparamos nuestro proceso político con el de otros países del entorno salen a la vista los saldos positivos y los augurios prometedores a nuestro favor.

Y el hecho de que los ciudadanos permanezcan dispuestos a poner todo lo que se requiera de su parte para que la democratización esté en buena forma nos hace confiar en las perspectivas que se avizoran.

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