El sacrificio

Salvadoreño-francés estudiante de Ciencias de la Humanidad en FranciaSi digo: «La situación tiene que cambiar en nuestro país», me sumaré a todos los que enuncian tal observación, y somos una mayoría. En efecto, es una afirmación justa: es una certidumbre. Y más que eso, una necesidad. Es absolutamente necesario que las cosas cambien, pero resulta también necesario decir, y por tanto, tener claro en la mente, tal evidencia. Se trata de la primera etapa, importante, para realizar el objetivo que contiene la frase.

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Sin embargo, quizás algunos, una minoría sin duda, no estén de acuerdo con aquel deseo vital. A unos cuantos les debe satisfacer e incluso favorecer lo que me atrevo a llamar el caos salvadoreño actual. Y por esta razón precisa nada cambia, porque la minoría en cuestión es sumamente poderosa. Surge entonces lo que vendría siendo una segunda etapa de la reflexión: ¿cómo modificar la situación?

Dentro de esta gran interrogación que puede roer toda mente tenaz durante innumerables horas, propongo introducir la noción de sacrificio como concepto operatorio para pensar diferentes respuestas concretas. Tomo el término en su acepción más abierta que designa entonces toda renuncia, o privación, impuesta por voluntad propia o ajena con miras a un bien o interés superior. Es decir, tenemos que regresar a uno de los fundamentos de la sociedad para entender que individuos van a tener que hacer sacrificios, suponiendo siempre y a priori que el bien común prevalece sobre el bien personal. Y para estas personas principalmente concernidas, existen dos posibilidades. Tendrán que designarse o tendrán que ser designados. Será para mejorar un mundo que no tiene otro sabor que a sangre y a odio.

Para verificar esta idea algunos casos son verdaderamente elocuentes. Así, podemos notar la gestión torpe y oscura del dinero en la Asamblea con, en primera línea, su ilustre presidente. ¿Cómo pueden existir gastos egoístas e inútiles de algunos diputados cuando se recorta los presupuestos de Educación y de Salud, y cuando se toma en cuenta la pobreza ambiente en la que vive El Salvador? Y por desgracia, esta figura del diputado es aquí claramente una metonimia del hombre político, o más bien de la imagen que ellos mismos nos presentan. Del que se inflama por el dinero. Del que corre tras una insaciable sed de poder según una ambición personal y perniciosa que se construye a expensas del bien común. Del que, entonces, negocia con las pandillas para ganar votos y para ganar in fine una elección. Es decir, del que se sirve de la llaga mortal de toda una población para realizar intereses estrictamente personales, en vez de resolver el problema. Del que finalmente no escapa de las garras de la corrupción. Del que, en teoría, tendría que hacer sacrificios por el bien de toda una sociedad, sin olvidar que no deberían ser sacrificios, sino un deber natural. El país no avanzará sin una dedicación total de los políticos a su profesión.

Pero, más allá de estas consideraciones, todos tenemos que hacer esfuerzos, en todas las capas de la sociedad. Materialmente, hay que aceptar, por ejemplo, pagar impuestos en función de los ingresos para crear una cooperación eficiente. Intelectualmente, cada sujeto tiene que, por ejemplo, cuestionar sus posiciones y creencias ya que algunas pueden estancar toda la sociedad. En ambos casos se trata de renunciar a una comodidad superflua y personal, para mejorar la situación inferior de otros. Nos toca a todos ahora remar con un ritmo igualitario y solidario, y hacia la misma dirección. Hacia un destino que aún no vemos, pero que sí imaginamos y que, a toda costa, deseamos.

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