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El sano ejercicio democrático exige que haya una atmósfera humana propiciadora

Hay realidades deformantes que están a la vista pero que se hace difícil ver porque las telarañas de la tradición acumulada interfieren a cada instante.
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El sano ejercicio democrático exige que haya una atmósfera humana propiciadora

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En lo que toca a nuestro país, una de esas realidades se refiere al juego de las acciones y reacciones políticas dentro de la competitividad que constituye el esquema democrático por excelencia. Dicha competitividad es justamente eso: un ejercicio permanente de habilidad estratégica, no sólo para ganar voluntades ciudadanas sino, sobre todo, para contribuir, a partir de ello, a la potenciación del bien común. Que no se tome así trastorna el desenvolvimiento del proceso en su conjunto.

Subrayamos el concepto “potenciación del bien común” porque en ningún momento hay que perder de vista que la democracia es mucho más que un método de organización política. En la amplitud de lo que significa, la democracia abarca prácticamente todos los espacios de la convivencia colectiva en una sociedad determinada. Por eso es que la democratización asume características variadas, según sean las condiciones estructurales y las características coyunturales de cada lugar en que opera. No pierde su esencia, pero sí proyecta diversidad de manifestaciones. Todas las democracias parten de una misma plantilla, pero cada una tiene lo suyo.

Los salvadoreños, pues, tendríamos que hacer análisis muy propios sobre lo que en nuestro medio nacional requiere la democracia para funcionar como se debe y como se quiere. La realidad vivida a lo largo del tiempo incide de manera directa sobre el presente, no como una fatalidad sino como un conjunto de lecciones insoslayables. El hecho de que en el país antes de los años 80 del pasado siglo nunca hubiera habido opción democrática en activo nos exige conocer y promover en el ambiente el ABC de la vivencia democratizadora. Voluntad de convivencia, respeto mutuo, abandono de todo hegemonismo abusivo son, entre otras, tareas básicas por cumplir.

Y todo ello dentro de una atmósfera cada vez más humanizada. Al respecto nos llegan como anillo al dedo algunas de las palabras que destacó el Papa Francisco en su mensaje de Navidad. Esas palabras son cercanía, paciencia y ternura. Cualquiera pudiera decir, desde una perspectiva monótona y desangelada del quehacer real, que ninguno de tales términos es aplicable prioritariamente al tema que estamos tratando. Pues bien, si la democracia es vida en movimiento ordenado, la sustancia de lo humano no sólo no puede serle ajena sino que le es connatural. Democratización y humanización tienen que ir de la mano para que la convivencia merezca el nombre de tal.

Asumamos las tres palabras del Papa Francisco. CERCANÍA: Si en una determinada sociedad los seres humanos se aíslan entre sí, por barreras sociales o conductuales, no es posible que el todo nacional se manifieste. Eso pasa en nuestro medio, hasta el punto que para muchos la integración nacional es una pretensión fantasiosa. Se necesita promover la cultura de la pertenencia, en vez de seguir fomentando la incultura del desapego y del desarraigo.

PACIENCIA: Cada vez que se insinúa la necesidad de paciencia para acompañar el ritmo de la evolución, los impacientes hacen coro masivo para clamar que no se puede ser paciente cuando las circunstancias son tan adversas. Precisamente en ese caso la paciencia conductora se vuelve más determinante que nunca. Paciencia no es dejadez o modorra, sino todo lo contrario: cálculo del ritmo para que las máquinas de la evolución funcionen como debe ser.

TERNURA: Alguien podría preguntar de inmediato: ¿Y qué tiene que ver la ternura con la política? Es que la ternura tiene que ver con la vida y la política es parte de la vida. La ternura significa sensibilidad al punto máximo en todo lo que esté vinculado con lo humano. Las personas, o los ciudadanos si se quiere, no son autómatas, más allá de lo que piensen o crean. Ese humanismo del sentimiento elemental es lo que se precisa, sin evasivas, ahora y siempre.

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