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El secuestro del Estado por los políticos

En tiempos de nuestra guerra interna se pusieron de moda los secuestros de personalidades importantes por parte de la guerrilla.
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El propósito era financiar sus movimientos insurgentes. Desde aquel entonces no honraron ni palabras ni compromisos, y varios de los secuestrados jamás recobraron su preciada libertad a pesar de que sus familiares pagaron cuantiosas sumas por el rescate respectivo. Sin embargo, algunas de esas desdichadas víctimas fueron asesinadas impunemente, sin que para ellos hubiera justicia jamás.

Con el tiempo, el secuestro ha sufrido mutaciones. Ahora existe de manera vedada e institucionalizada. Es el secuestro colectivo del ejercicio del poder, cuyos responsables no son solo los viejos insurgentes, también se han sumado otros políticos partidarios, convirtiéndose en los mayores secuestradores del Estado.

Sin violencia evidente, pero con coacción asolapada, estos neo-secuestradores no permiten que surjan sin tropiezos, liderazgos independientes, obligando a todo aquel que desee incursionar en la política, a hacerlo a través de los partidos que, como hemos venido constatando, son dominados por personas sin escrúpulos que mezclan y buscan además de beneficios partidarios, intereses personales; y ante estos, ningún ciudadano ingenuo y patriota que desea competir en la contienda electoral se escapará de la exclusión ni adentro ni afuera de los partidos, ya lo verán, y lo lamentarán.

En esos guetos de predominio politicastro donde prevalecen ambiciones de poder y de enriquecimiento desmedido, nos han dado pruebas suficientes de apropiaciones ilegales y descaradas de los bienes del pueblo, hundiéndonos con tales actos en la miseria e inseguridad, factores que bloquean cualquier forma de emprendedurismo y frustran todo anhelo de superación de los salvadoreños honestos y honrados. Da muchísima tristeza ver a tanta gente sumándose en las calles vendiendo lo que pueden, y otros tantos quebrantando su dignidad humana con la triste vergüenza de pedir porque no tienen dinero y el empleo escasea cada vez más. Y la delincuencia no deja trabajar.

Los políticos están constantemente confrontando e invalidando las ideas que ponga en aprietos su poder, posición e imagen; más si provienen fuera de los recintos partidarios y legislativos. Sin embargo, cuando se trata de aprobar los beneficios personales, como salarios, prestaciones, viajes en misiones fantasmas que no traen ningún beneficio al pueblo, carros de lujo, etcétera, sacan la mejor verborrea para justificarse esas dizque “necesidades institucionales” que les sirven a desempeñar mejor sus funciones.

Es indignante que en la Asamblea Legislativa se aprueben o reformen leyes con dispensa de trámites y por unanimidad de todas las corrientes políticas, cuando los intereses particulares de todos los liderazgos y cuadros partidarios están en juego, especialmente riquezas y patrimonios de dudosa reputación. Es fastidiante que algunos diputados que se la llevan de respetables y serios jueguen con descaro al yo no fui, sabiendo que mucho han tenido que ver en sucias maniobras para aprobar leyes a conveniencia.

No es posible que el pueblo siga soportando tanto cinismo de quienes tienen obligación de trabajar por soluciones que beneficien a todos y no solo a la clase política o a sus patrocinadores, a quienes no les importa la crisis en que nos estamos hundiendo cada día.

Definitivamente, el Estado salvadoreño está secuestrado por los políticos. Los mismos que están alistándose para pedir dentro de poco nuestro voto de apoyo y gastarse las millonadas en deuda política y gasto electoral en los próximos comicios. ¿Para qué?... Para mantenerse en el mismo sitio donde no hacen nada para el bien del sufriente pueblo salvadoreño.
 

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