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El sentir y el pensar de la población están cada vez más presentes en la atmósfera nacional

En cuanto al Gobierno en funciones, el mensaje es claro: estancarse en formas ideológicas es querer permanecer en el pasado; aferrarse al asistencialismo sin apostarle al cambio real de las condiciones de vida convence cada vez menos...
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La Prensa Gráfica

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Cuando se dan situaciones como la que se ha producido de resultas de la conducta ciudadana ante el llamado al voto y de las nuevas composiciones partidarias derivadas del ejercicio del mismo tanto en la Asamblea Legislativa como en los entes municipales, hay una especie de conmoción generalizada, que abarca tanto a los que se consideran ganadores como a los que tienen que asumir las pérdidas. Como se hace evidente por las diversas reacciones que se van dando luego de la jornada del 4 de marzo, lo que ocurrió, en la dimensión en que ocurrió, nadie se lo esperaba, porque en verdad se trata de una manifestación de la voluntad ciudadana que tiene todos los visos de ser una llamada de atención para todos los actores nacionales, y no sólo para las fuerzas partidarias participantes.

Los números que salieron de las urnas no pueden ser vistos correctamente si se les limita a ser eso: simples números. En realidad, la ciudadanía tiene un mensaje para cada uno de los actores en juego. Para empezar, la escasa participación en las urnas hay que verla como una expresión de reclamo simbólico pero muy elocuente derivado del malestar del ciudadano frente a los comportamientos políticos imperantes. En cuanto a la composición del nuevo mapa legislativo y municipal, lo que de seguro quiere manifestar la población es una llamada de atención a los actores políticos para hacerles ver que nadie puede considerarse blindado en sus posiciones de poder.

En cuanto al Gobierno en funciones, el mensaje es claro: estancarse en formas ideológicas es querer permanecer en el pasado; aferrarse al asistencialismo sin apostarle al cambio real de las condiciones de vida convence cada vez menos; descuidar la eficiencia y centrarse en el control no sólo es claramente dañino para el desempeño institucional sino muy nocivo para el conglomerado en su conjunto. Y también hay una señal para el partido gobernante: la escasa evolución en las ideas y en las prácticas trae consigo deterioros internos que, de no tratarse en el tiempo adecuado, pueden conducir a desenlaces muy negativos.

También para las fuerzas opositoras hay señales: cualquier triunfalismo, del tipo que sea, es una apuesta desorientadora de alto riesgo; y más bien lo que la ciudadanía está esperando es que haya en los hechos un compromiso identificable y verificable con la buena marcha del proceso nacional, poniendo el bien común en primera línea. Esto implica que todas las fuerzas tendrían que ponerse de inmediato a disposición de la realidad, dejando en segundo plano los intereses propios para servirle inteligentemente al bien común.

El sentir y el pensar ciudadanos dieron el 4 de marzo una prueba muy evidente de que su protagonismo ya no está sólo en el papel donde se hallan escritas las normas fundamentales de la nación, sino que va pasando cada día con mayor impulso y definición al plano de los hechos concretos. Este es un signo democratizador de la máxima importancia para todos.

Ahora tenemos que ver cómo asumirán las diversas fuerzas y los distintos liderazgos los renovados roles que la voluntad popular les asigna en esta precisa coyuntura. De eso dependerá, en gran medida, la suerte del futuro.

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