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El siempre ausente escenario ideal para elegir

Este año se cumplen sesenta desde la primera oportunidad que tuve de ejercer mi derecho al sufragio; se trataba de los comicios presidenciales que “ganó” el coronel José María Lemus. Pero no lo hice.
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Juan Héctor Vidal / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Me correspondía votar en el entonces agradable y tranquilo parque Centenario. Al momento de ingresar a la caseta donde estaba la urna, un guardia nacional me interrumpió con una frase que recuerdo como si hubiera sido ayer: ¿vas a votar por mi coronel, verdad? En segundos rememoré las advertencias de mi padre de que siempre debía respetar la ley y a las autoridades, pero también de cómo debería reaccionar cuando sintiera que mi libertad estaba siendo pisoteada. Entonces le respondí que por nadie y di la vuelta.

Hoy ese derecho lo voy a ejercer libremente el 4 de marzo. Pero no en aquel escenario que siempre idealicé, porque si bien formalmente vivimos en democracia, el proceso que nos ha llevado a esta nueva prueba, está contaminado por una mezcla amorfa donde confluyen irregularidades administrativas y técnicas, muestras claras de opacidad, manoseo partidario y hasta sospechas de intromisión del crimen organizado y pandilleril. Algunos alarmistas piensan que también los rusos, vía testaferros venezolanos y cubanos, estarían metiendo sus narices.

En este escenario, hablar de candidatos a diputados y alcaldes analfabetas, mal presentados, e ignorantes de sus responsabilidades, sería preocuparse por lo “adjetivo”; después de todo, es lo que siempre ha sido una parte esencial de nuestro folclor político-electoral. Lo realmente preocupante, es la participación creciente de personajes con una historia delictiva conocida, incluso fuera de nuestras fronteras, pero que los protege el binomio inmunidad-impunidad, para dar paso a la prostitución de todo el sistema político.

Entonces, cualquier persona sensata, que ama a su país y que se preocupa por sus descendientes, tiene derecho a erigirse frente a un comportamiento que no se condice con las credenciales de democracia que pregonamos a los cuatro vientos. ¿O no es suficiente aquel mensaje idiota de despojarnos de nuestros bienes y repartirlos entre los que considera sus dueños; más aún, aquella amenaza grotesca de retomar las armas si al partido gobernante no le va bien en las elecciones? Del primer mensajero solo hay que decir que el pobre vive anclado en el más primitivo comunismo que campeó entre los 20 y los 10 mil años A.C. Y del segundo, que su cerebro tiene un injerto del poco que le queda al de Maduro, utilizado para masacrar y mantener hambriento a su pueblo, mientras la Cumbre de las Amèricas no lo acepta por dictador.

Lo dicho, es solo parte de un sórdido entramado en el cual participan actores de diferente calaña, colores y sabores. Allí están quienes participaron en la huida de Funes, Rais, la diputada que protegió a este y otros pájaros de cuento involucrados en narco lavado y tràfico de armas. Igualmente, quienes intentan prostituir el proceso de elección de los próximos magistrados de la SC y hasta los que hacen apología de la pena de muerte. Pero además quienes nos quieren hacer creer que en esta ocasión los empleados públicos no serán obligados a votar por el partido gobernante, aunque es de sobra conocido de que los firmantes de semejante protocolo, no son confiables. Aun así, tengo la confianza de que ningún esbirro evitará, como hace seis décadas, que ejerza mi derecho al voto. (19-II-18)

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