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El silencio de algo bueno

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Julio Rodríguez

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Cuando el embajador de un hermano país centroamericano llamó por teléfono al director de un medio de comunicación para pedirle referencias bibliográficas sobre lo bueno de nosotros como salvadoreños y si era posible como centroamericanos, ¡Sí! De los que habitamos el centro del continente americano.

Esa plática de viejos –y muy conocidos amigos– como la describe el colega me invitó a pensar en muchas historias que he conocido de salvadoreños y centroamericanos que han tirado al cesto de la basura las expectativas o predicciones de sociólogos, antropólogos u otro tipo de intelectuales que profetizan apocalípticamente que no hay nada bueno en nosotros.

En silencio una mujer de 50 años mutilada de sus manos por jóvenes delincuentes que pensaron haberla matado; no solo sobrevivió al ataque, sino que todos los días se levanta a trabajar y ya lleva dos hijos graduados de la universidad y empuja al éxito a otros dos. Es salvadoreña y centroamericana.

En silencio un hombre regresó a su tierra después de años de estudios en Estados Unidos, a un lugar árido y olvidado pueblo de Palacagüina donde, Biblia en mano y acciones en la otra, ha logrado hacer crecer una milpa de esperanza, levantando escuelas, generando economía y cuidando la salud a quienes han sido olvidados por los hombres. Es nicaragüense y es centroamericano.

En silencio escuché a una amiga y colega comunicadora que quedó huérfana de padre desde los 5 cinco años de edad. Su madre se desveló cada noche vendiendo comida para mantener a cuatro hijos. Trabajó en varios medios de comunicación de ese país. Cambió su rumbo, ese que algunos funcionarios creen que no existe y que por eso no invierten en educación. Es guatemalteca y es centroamericana.

En silencio un joven teólogo hace realidad el evangelio ayudando –con escasos recursos– a niños y jóvenes a practicar fútbol y escuchar la Palabra de Dios en medio de canchas, ubicadas en zonas violentas y así se los arrebata al destino pandilleril que parece natural en esos lugares. Es salvadoreño y centroamericano.

El colega no logró ayudar al embajador con la información que le requería y utilizaría para gestionar apoyo y cooperación para una región que se debate todos los días entre la vida y la muerte. El diplomático hablaría de lo bueno de nosotros a un país envidiablemente desarrollado, como es Alemania. Y como no encontró la bibliografía deseada a lo mejor se perdieron decenas de miles de euros que bien pudieron promover a quienes en silencio hacen algo bueno y que no son pocos.

Hoy vemos la violencia como ver salir el sol y no nos asombra. Los tiempos son duros, estamos de acuerdo, pero aún hay muchos que no han endurado su corazón, ni su fe y todos los días intentan cambiar las cosas, y por eso un día –como dice el colega– "nos daremos cuenta de que, en un enorme porcentaje de nuestras vidas, hacemos actos más importantes y justos que las malandrinadas de minorías".

Esas minorías que se esconden en las mayorías empobrecidas, en las necesidades afectivas y materiales de almas jóvenes que creen todo y quieren todo rápido, a pesar de que muchos de sus progenitores luchan de sol a sol para dar lo que pueden en una sociedad que les niega mucho.

El lector estará de acuerdo en que hay algo bueno en medio de la muerte y la desidia con la cual algunos contemplan los días. Menuda tarea la que tenemos los periodistas de hacer periodismo social investigativo, ese que le da voz, responsablemente, a las bocas que en silencio hablan de la otra Centroamérica, la que aún cree que Dios no ha quitado su mirada de la región, ni de los que son luz en medio de la oscuridad haciendo de la fe una inspiración y de la actitud un modo de vida.

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