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El silencio de la Madre de Dios

El primer día del año, el 1º de enero, la Iglesia Universal celebra la Solemnidad de Santa María Madre de Dios.

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Rutilio Silvestri

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En una de sus homilías, el papa Francisco puso de relieve la importancia del silencio en la narración evangélica de la Navidad. Recordó que el Evangelio de San Lucas afirma que María "custodiaba todas estas cosas, meditándolas en el corazón".

¿Cuáles eran estas cosas? Eran, por una parte, gozos y dolores: el nacimiento de Jesús, el amor de José, la visita de los pastores, aquella noche luminosa. Todo felicidad.

Pero, por otra parte: el futuro incierto, la dureza de la falta de un hogar, "porque para ellos no había sitio en el mesón". El nacimiento del Hijo de Dios tuvo que ser en una cueva, donde solo pueden vivir los animales.

La desolación del rechazo, la desilusión de ver nacer a Jesús en un establo. Esperanzas y angustias, luz y tiniebla: todas estas cosas poblaban el corazón de María.

La actitud de María fue de oración, de meditación. Las meditaba, es decir, las repasaba con Dios en su corazón, hablaba con Dios: hacía oración.

Por eso, el silencio es uno de los rasgos característicos de la narración de la Navidad: María no habla: el Evangelio no nos menciona ni tan siquiera una sola palabra suya en todo el relato de la Navidad. También en esto la Madre está unida al Hijo: Jesús es un niño recién nacido, es decir que aún no pronuncia ninguna palabra, tan solo balbucea.

El Dios ante el cual se guarda silencio es un niño que no habla. Su majestad es sin palabras, su misterio de amor se revela en la pequeñez. Esta pequeñez silenciosa es el lenguaje de su realeza. La Madre se asocia al Hijo y custodia en el silencio.

El corazón invita a mirar al centro de la persona, de los afectos, de la vida. También nosotros, cristianos en camino, al inicio del año sentimos la necesidad de volver a comenzar desde el centro.

Hemos de imitar a María, porque María es exactamente como Dios quiere que seamos nosotros, como quiere que sea su Iglesia: Madre tierna, humilde, pobre de cosas y rica de amor, libre del pecado, unida a Jesús, que custodia a Dios en su corazón y al prójimo en su vida. Y todos los verdaderos cristianos somos Iglesia.

Para recomenzar, contemplemos a la Madre. En su corazón palpita el corazón de la Iglesia.

La devoción a María no es una cortesía espiritual, es una exigencia de la vida cristiana. Contemplando a la Madre nos sentimos animados a soltar tantos pesos inútiles y a encontrar lo que verdaderamente cuenta.

El don de la Madre, el don de toda madre y de toda mujer es muy valioso para nosotros y para la Iglesia, que es madre y mujer.

Mientras el hombre frecuentemente abstrae, afirma e impone ideas; la mujer, la madre, sabe custodiar, unir en el corazón, vivificar.

Para que la fe no se reduzca solo a una idea o doctrina, todos necesitamos de un corazón de madre, que sepa custodiar la ternura de Dios y escuchar los latidos de las personas.

¡Madre, que nuestras preocupaciones estén siempre en los demás!

Tags:

  • madre
  • silencio
  • Navidad
  • devoción

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