El silencio salvadoreño

Raras son las veces en las que se habla de nuestro país, o que se le menciona, en la prensa extranjera, y más raras aún las veces que se trata de una buena noticia. Eso es El Salvador desde afuera. Un volcán apagado cuyas erupciones, si bien escasas, son escandalosas.
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Observar y analizar una sociedad mediante una mirada ajena, a menudo foránea, es un proceso antiguo y específicamente literario que se ha revelado sumamente eficiente. Es una experiencia interesante a la vez para el que observa y para el que se encuentra observado. La verdad es que este último papel, de objeto pasivo, nuestro pequeño país lo ocupa pocas veces. Se parece a un niño callado cuyo silencio no rima con tranquilidad sino que presagia más bien, mediante una fría espera, una tontería. Y la calma previa no le quita nada a la gravedad del acto cometido, al contrario. Así, el silencio mediático que cerca El Salvador podría significar un relativo bienestar... Sin embargo, al igual que la bobería del chico, cuando surge una noticia que le concierne, rompiendo con la quietud habitual, acontece finalmente una verdadera tempestad.

Será por ejemplo una tasa histórica de homicidios, o más recientemente, la controvertida sentencia de treinta años de cárcel contra Evelyn Hernández. En efecto, la investigación judicial, que presenta misteriosas lagunas, muestra cómo se trata a la mujer salvadoreña. Esta noticia, irrumpiendo en las principales vías de comunicaciones internacionales, provocó una batahola considerable. Sobre todo en Francia, en sus redes sociales y diferentes órganos de prensa, país que al mismo tiempo, ironía de la historia, celebraba una de sus más grandes figuras feministas, Simone Veil, fenecida el 30 de junio pasado. Por lo tanto, simultáneamente a este acontecimiento, la gente se sublevó contra el tratamiento reservado a la joven salvadoreña, dentro de un caso siempre cualificado de injusto y escandaloso. Se estableció una triste dualidad; las críticas contra la justicia (¿justicia?) salvadoreña vinieron a hacerle competencia a los homenajes a Veil.

Además, sabemos que la situación de las mujeres en nuestra sociedad es miserable. Entonces uno se da cuenta fácilmente de que este caso termina siendo casi anecdótico ya que su sombra esconde multitud de otros casos semejantes, toda una realidad vergonzosa. Y, precisamente, ¿por qué este caso ha sido tan difundido en medio de tantos otros? Quizás porque si nos hemos acostumbrado a lo inaceptable de la situación general, este caso particular sobrepasa las fronteras de un inaceptable aceptado ya por la fuerza de la costumbre, madre de la banalización. Y así, vamos cada vez más lejos en las tierras de lo inadmisible.

Por consiguiente, el hecho de sobrepasar aquellos límites se convierte en el requisito fundamental para alcanzar la publicidad del acto en cuestión. Se deja dentro de una oscuridad callada todas las otras injusticias, ya que las víctimas son siempre las mismas, los que se encuentran reducidos de facto al silencio de la pobreza, los que no tienen la suerte de gozar de algún poder social. Y recíprocamente, los que tienen la posibilidad de hablar alto y fuerte son casi siempre los mismos, al fin y al cabo, una minoría. Unos individuos que no sufren injusticias éticamente insoportables, que muchas veces no las entienden y por lo tanto que no las critican y combaten. Al contrario, prefieren la facilidad defendiendo un conformismo disfrazado de normalidad, y aplastando, finalmente, toda una realidad acallada en su miseria.

El silencio, aquella música de la nada, es en El Salvador, no sin paradoja, el ruido ahogado de un todo inaceptable. Una queja permanente que espera una luz, una expresión, la palabra.
 

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  • mujeres
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