El sistema

La democracia salvadoreña goza de la mejor salud que le es posible. A veces parece famélica, sí, pero su alimento principal es la discordia que aflora de modo continuo.

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Cristian Villalta / Gerente de El Gráfico

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En esta cuadrícula de tierra que consideramos patria, algunas de las discordias fundamentales a futuro son hasta dónde defender las libertades constitucionales en su oposición a la seguridad pública; qué tan a costillas de los grandes capitales debe fortalecerse la recaudación impositiva; qué tan profundo es el recorte que debe hacerse a la burocracia; y qué tanto debe ignorarse la seguridad de los trabajadores para atraer más inversionistas internacionales y sí eso es ético.

Un listado de este corte puede ser tan largo como se quiera; muchas causas de nuestra ciudadanía languidecen esperando a un político que las haga sus banderas: reciclaje, derechos LGTBI, laicismo versus educación religiosa, etc.

Lamentablemente, toda la disensión que tenemos alrededor de estos ejes no civiliza ni modera nuestra vida en sociedad. Ese precepto básico de la democracia, que la diferencia se transforme en acuerdo y concordia, opera en contadas ocasiones entre nosotros porque el debate no es debidamente apreciado en El Salvador.

Así, pese a que tenemos una tonelada de candidatos a diputados y a que en algunos municipios chocan visiones diametralmente opuestas de lo que debe ser la gestión pública, no gozaremos de discusiones entre los contendientes excepto en algunos programas de televisión. Este último mes debería tratarse de esos foros, no de un concurso por sepultar las calles con banderitas ni vaciar las tiendas de a dólar para regalar baratijas en los noticieros.

Tristemente, esta deficiencia no atañe solo a la incapacidad discursiva que sufren algunos candidatos, sino a que el caldo nutricio de los partidos políticos aún es mayoritariamente dogmático. Algunos de los correligionarios más prometedores de ARENA y del FMLN no tienen una sola idea posmoderna, sino solo manierismos ideológicos. ¿Qué puede discutirse con gente que cree en verdades únicas?

¿Nuestra democracia es, entonces, víctima de la operación de los partidos políticos? No. La tara de la cual los ciudadanos salvadoreños debemos liberarnos es de la tiranía de la ideología sobre el pensamiento. Otra cosa es que, en ese afán, los institutos que compiten por el poder nunca serán aliados de la ciudadanía, al menos no en sus versiones actuales, porque no progresaron en los últimos 26 años.

Quizá nuestra vida democrática ha perdido un compás: célebres dinosaurios de nuestra política han sido tan longevos que ahora conviven con los mamíferos. Pero la responsabilidad de los ciudadanos no debe soslayarse, porque la falta de interés en la discusión pública, la grosera falta de civismo que exhibimos elección tras elección y lo desinformados que permanecemos es causal directa para que gente moralmente reprochable o sin ninguna capacidad intelectual gobierne el municipio o nos represente en el Parlamento.

Simultáneamente, hay una emergente narrativa antisistema que nos invita a no participar en las elecciones. Despreciar la participación ciudadana luego de todo lo que El Salvador sufrió por la apertura de espacios políticos a lo largo del siglo XX es infame. Para catalizar desacuerdos y encarar las injusticias en el diseño de nuestro Estado, no gozamos de mejor herramienta que un sistema electoral que, si bien es operativamente perfectible, remedia progresivamente las preocupaciones de la generación que firmó la paz, y de la posibilidad de fortalecer o liquidar a los partidos de nuestra época. El motor de este sistema debe ser una ciudadanía más responsable, no otra perezosa e ignorante.

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