El socialismo que no fue

Ningún proyecto político se puede sostener sanamente con base en el dogma, la intolerancia, la indecencia y el autoritarismo.
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Hace poco más de 6 años (octubre de 2008) escribí en esta columna de opinión lo siguiente: “Basado en lo que hace, el mal llamado Socialismo del Siglo XXI, ni es alternativa, ni es socialismo, ni es del siglo XXI”. Este, “es de pocas ideas y de muchos petrodólares, utiliza los mismos métodos que critica de la derecha y el imperialismo, comete sus peores vicios, carece de vocación democrática, y su perspectiva de futuro es un intento de reciclar el pasado... el liderazgo del SSXXI de Chávez se basa en dinero... Es un socialismo que oscila con el precio del barril del petróleo: a menos de $75 el barril, comienza a dejar de ser viable”.

En efecto, el único sostén del llamado SSXXI es, como algunos de ellos mismos lo califican, el pinche dinero capitalista y el precio del petróleo. La caída de este arrastra en bajada el susodicho socialismo, y sin buena paga por el barril petrolero, menos apuestan por él... ni los cubanos.

Va en picada el activismo furibundo, las grandes marchas, los estridentes congresos, las movilizadoras consignas del cambio, los mesías de la alternancia. Pareciera que todo ello ha entrado en un congelador. Y Maduro, y la Venezuela prometedora del otro mundo posible, no hacen más que hacerle la vida imposible a la mayoría de venezolanos; metiendo más esperanzas a la congeladora, ahora escasa de alimentos para la población. Si el precio del oro negro permanece tan bajo, dentro de un tiempo no muy lejano se colocará en el cementerio de la historia una lapidaria frase: “Aquí yace el socialismo que no fue”.

No quiero con ello decir que no siguen siendo válidas las buenas ideas socialistas, especialmente del socialismo utópico y humanista. Ni tampoco que se trata de un nuevo triunfo del capitalismo, como lo fue la caída del muro. Mucho menos se trata de que ahora haya que abrazar el funcionamiento capitalista de hoy en día, que provoca tanta desigualdad, inestabilidad financiera y peligro ambiental planetario. Como dije en esa ocasión: “El tipo de capitalismo que hoy predomina es generalmente destructivo: amenaza destruir el ecosistema planetario, ha echado al traste el sistema financiero internacional, ha generado una colosal concentración de riqueza y desigualdad social que atenta seriamente contra la convivencia pacífica de los pueblos. El rechazo a este capitalismo no es una cuestión ideológica, de derechas o izquierdas, sino de puro realismo: si este sistema continúa tal como está, se acaba económica, social y ambientalmente nuestro planeta”.

Se trata de que los llamados socialistas, los de verdad o los de la mentira conveniente, no han podido todavía encontrar respuestas alternativas viables y adecuadas a los graves problemas mundiales y nacionales de hoy en día. Los ejemplos de Venezuela, Nicaragua o Cuba no han servido tanto para ilustrar cómo se solucionan los problemas sino cómo se crean, cómo se genera riqueza sino cómo se acaba la mucha que se tiene, como en el país bolivariano.

Ningún proyecto político se puede sostener sanamente con base en el dogma, la intolerancia, la indecencia y el autoritarismo. El socialismo no es tal donde se utiliza el Estado en función de acumular poder y dinero para personas, grupos o partido, donde se afinca la corrupción y la opacidad, donde se pretende controlar las instituciones estatales, donde se anula o limita la libertad de expresión, donde la apuesta por la democracia es táctica y no estratégica, donde se gobierna con manuales y catecismo político, donde no hay debate y tolerancia interna. A falta de ello, el socialismo se convierte, tal como lo afirmó el cardenal Maradiaga, en “un capitalismo de unos pocos ladrones”.

Acá en El Salvador, la agonía de ese mal experimento político, los cambios en la geopolítica regional y mundial, los graves problemas del país y los estrechos márgenes de maniobra que posee el gobierno para enfrentarlos debiera llevar a la llamada izquierda a repensarse y reinventarse. Caso contrario, también dentro de unos años tendrá su propia frase lapidaria: “la izquierda que no fue”.

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