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El tema de la reinserción de los que están hoy al margen de la ley debe ser tratado en forma integral, para no seguir en el juego de las apariencias

La tarea de rehabilitar y de reinsertar es de gran complejidad porque no hablamos de delincuencia común sino de conductas delictivas organizadas con tinte claramente terrorista.
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La realidad criminal que vive nuestro país se presenta a diario como un enorme desafío institucional y como un flagelo permanente sobre la población honrada, que desde luego es la inmensa mayoría de los salvadoreños. Hemos llegado a un punto en que hay que hacer insoslayablemente giros significativos en la lucha contra todas las formas del accionar delincuencial, porque la ciudadanía ya no soporta semejante estado de cosas y su impaciencia cada vez más frustrada y colérica puede derivar en un rechazo violento de lo que no se logra controlar por la vía de la legalidad.

No es de extrañar, entonces, que desde diversos ángulos del entramado social se presione para generar iniciativas que conduzcan hacia la reversión real y sostenible de las insoportables condiciones actuales. Y sin duda la reincorporación al vivir ordenado y decente de aquellos que están hoy organizados al margen de la ley constituye una de las aspiraciones más sentidas en el ambiente; pero eso, desde luego, no se dará simplemente porque se desee que se dé: hay que ser realistas, y entender que revertir los complejos trastornos actuales requerirá estrategia, consistencia, perseverancia, decisión y valor.

Hemos venido viendo cómo se manifiesta el control territorial que en muchos lugares ejercen las pandillas. Eso es altamente contaminante, pues muchos que no son estrictamente pandilleros se animan a actuar como tales a la luz de la impunidad reinante, sobre todo en actividades tan perversamente atractivas como la extorsión. Esta modalidad criminal ha arraigado expansivamente, y de seguro será la de erradicación más difícil, porque consiste en vivir del trabajo ajeno. Los homicidios acaparan casi toda la atención, pero las extorsiones generan un deterioro social y económico de máximo impacto depredador.

El tema de la reinserción debe ser visto y tratado en toda su complejidad. Es importante proveerles estímulos y oportunidades a los que quieren regresar a ser seres normales y productivos sin ningún vínculo con estructuras del crimen; pero tal voluntad habría que asegurarla en primera instancia y de manera inequívoca. Los que se acojan a los beneficios de la reinserción tienen que comprometerse en forma verificable a abandonar definitivamente todo vínculo delincuencial. Que no se vaya a repetir la distorsión de la tristemente famosa “tregua” de 2012, de la cual las organizaciones delincuenciales resultaron fortalecidas.

Existe un proyecto de ley presentado en la Asamblea Legislativa sobre este tema, y es amplio el abanico de opiniones sobre el mismo, sobre todo aquellas que muestran reservas y objeciones por lo que pueden representar los beneficios legales que se ofrecen a los pandilleros, y en especial a aquellos que ya tienen proceso penal. En verdad hay aquí un riesgo cierto para el buen desempeño de la ley, que puede convertirse en válvula de escape para criminales activos. Se tendría que estudiar minuciosamente el texto de dicho proyecto, para limpiarlo de cualquier vaguedad o arbitrariedad peligrosas, capaces de derivar en que el remedio se vuelva cómplice del mal.

La tarea de rehabilitar y de reinsertar es de gran complejidad porque no hablamos de delincuencia común sino de conductas delictivas organizadas con tinte claramente terrorista. A la par que se rehabilita y se reinserta hay que desmontar estructuras criminales, porque si no queda activo el vivero.

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  • inseguridad
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