El tema del liderazgo debe estar en primera línea

Las presidenciales están a las puertas, y es inevitable –o debería serlo– el cuestionarse analíticamente sobre qué tipo de liderazgo gubernamental necesita nuestro proceso, aún en fase transicional.
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&nbsp;<p>A medida que va avanzando el proceso democrático en el país se intensifica la prueba para los distintos liderazgos nacionales. Esta es una realidad a la que se le presta poca atención analítica en el ambiente, pese a que constituye una de las expresiones más sensibles dentro de la dinámica evolutiva que venimos viviendo especialmente en los tres decenios más recientes. La cronología es escenario propicio para todo tipo de aprendizajes; y, en este caso, se trata de un aprendizaje fundamental para asegurar el éxito de nuestra sucesiva experiencia histórica, aparentemente tan accidentada pero a la cual se le puede seguir el hilo causal sin mayores complicaciones. He aquí una de las cosas vitales que la misma experiencia nos enseña: nada es casual, nada es imprevisible, nada es sorpresivo, todo viene marcado por el signo de la acumulación.</p><p>Cuando los procesos, de cualquier tipo que sean, se hallan en fase de crecimiento o de expansión decisivos, hay un factor que adquiere connotación especial; y ese factor es el liderazgo. Dice el Diccionario que líder es aquella persona a la que un grupo sigue, reconociéndola como jefe u orientadora. Y de la definición misma se colige que el liderazgo está determinado por la voluntad de los que reconocen en el líder la condición de tal. El solo hecho de ejercer una responsabilidad conductora o de desempeñar un cargo de poder no hace surgir el liderazgo: este requiere que haya una especie de conjunción virtuosa entre la capacidad de conducir y la receptividad que tenga dicha capacidad entre aquellos que son conducidos. Los hechos y la interpretación de los hechos juegan aquí incidencias interactivas.</p><p>Puestos en la realidad actual de nuestro país, es evidente que nos hallamos en un momento histórico muy particular, por la trenza de desafíos y de oportunidades que están en juego. Dos elementos sobresalen: el estancamiento de las dinámicas económicas, que ya se ha vuelto crónico, y los trastornos recurrentes en el rumbo político. Ambas, situaciones de complejidad cada vez más acuciante. Y al tener todo eso en cuenta, el término “liderazgo” emerge con creciente imperiosidad. De resultas de que nuestro pasado se caracterizó por un estilo de conducción predeterminada por la forma de ejercicio concentrado del poder, nunca tuvimos escuela de construcción de liderazgos. Y ahora, cuando la democracia lo exige y lo demanda, nos vemos constantemente a palitos, con improvisaciones recurrentes. </p><p>Las presidenciales están a las puertas, y es inevitable –o debería serlo– el cuestionarse analíticamente sobre qué tipo de liderazgo gubernamental necesita nuestro proceso, aún en fase transicional. Es oportuno, pues, adelantar opiniones al respecto, tratando de hacerlo al margen de cualquier simpatía preestablecida y, en lo posible, de cualquier coloración ideológica. Tratando de ver hacia adelante, con la relatividad que eso siempre trae consigo, pensamos que el liderazgo que le convendría al país en el futuro inmediato debería contar, de entrada, con tres características básicas: capacidad de apropiarse de los problemas sin teñirlos de fanatismo, convicción de que se cumple una misión nacional por encima de cualquier sectarismo o sectorialismo y fortaleza suficiente para evadir los disturbios conductuales que son tan comunes en el ejercicio del poder.</p><p>En tres palabras: ecuanimidad, responsabilidad y honradez. El punto principal no son las pertenencias partidarias ni las formulaciones programáticas, aunque todas éstas desde luego siempre cuentan y juegan también su papel definidor. El punto principal está en la personalidad de los que aspiran y, por supuesto, del que resulte elegido. No hay que olvidar la configuración de nuestro presidencialismo, que viene siendo desde siempre una forma encumbrada de preeminencia. Y, en esas condiciones, hay que estar aún más prevenidos frente a los efectos posibles de esa droga maligna que es el poder. Se necesita, sin duda, mucha entereza de carácter y mucho ejercicio de convicción para encarar semejante reto anímico. Lo deben tener presente los aspirantes y también la ciudadanía que los evalúa.</p><p>Como decíamos, este es un momento decisivo para nuestro avance en la ruta de la democratización. Más que los resultados específicos que saldrán de las urnas, a los ciudadanos debe interesarnos el modo en que dichos resultados se articulen dentro del fenómeno real del país. No hay que dramatizar las diferencias ni soslayar las similitudes. Lo que importa es asegurar que el país se comporte como un mecanismo progresivo y no como un mecano infantiloide. Esa es la tarea básica para todos, de aquí en adelante. </p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>

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