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El terrorismo sin fronteras es una plaga global frente a la que todos tenemos que estar prevenidos y preparados

El terrorismo no desaparecerá por su cuenta; más bien tenderá a ponerse más activo en la medida en que crezcan las tensiones internacionales. Como en todo, se requiere aquí una estrategia que vaya al fondo del fenómeno real.
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En nuestros días la violencia tiende a tomar carácter terrorista de manera expansiva, y en cualquier forma en que se presente. Desde luego, la expresión más visible del terrorismo se da en los conflictos políticos que se salen de todo control, como los que actualmente tienen por sangriento escenario algunos países del Cercano Oriente, Siria entre los más notorios; pero terrorismo también hay en la actividad de grupos que al saltarse los límites de la legalidad establecida usan el terror en plan agresivamente intimidatorio, tal como ocurre en nuestro ambiente con el accionar pandilleril, que ya recibió el sello de terrorista conforme a la ley.

Los hechos del terrorismo internacional se vienen sucediendo en cadena, y el pasado viernes por la noche tuvo lugar en distintos lugares de París, la capital francesa, un conjunto de hechos horrorizantes protagonizados por agentes yihadistas, que responden a los más violentos y destructivos planes del Estado Islámico. Fue una ola de atentados criminales simultáneos en lugares como un estadio donde se desarrollaba un partido internacional con la presencia del Presidente Hollande, una sala de conciertos donde actuaba un grupo de rock de larga fama y algunos restaurantes notorios. Según las cifras confirmadas, los muertos suman más de 129, con muchos heridos en situación crítica. Y los asesinos terroristas cometían sus ataques al grito de “Alá es grande”. Es, una vez más, la mezcla perversa de fanatismo religioso y extremismo político.

Lo acontecido activó de inmediato todas las alarmas en el mundo, y los más poderosos líderes de la comunidad internacional se han pronunciado enfatizando el compromiso de luchar a fondo contra este tipo de agresiones, que en realidad atentan contra los principios básicos de la convivencia civilizada. A la comunidad de naciones occidentales le corresponde a su vez revaluar sus estrategias de lucha política, tomando debidamente en cuenta los factores culturales y las características propias de cada región, lo cual no quita el rechazo tajante a cualquier expresión de violencia, sea quien fuere el que la ponga en práctica.

La tragedia parisina de estos días pone de nuevo en evidencia que vivimos, en el ámbito global, un momento histórico de extraordinarios desafíos y de redoblados peligros. Nadie puede sentirse ajeno a tal situación, porque los impactos de la misma son impredecibles. Cada quien tiene que tomar sus correspondientes medidas de salvaguarda, conforme a lo que esté pasando o pueda pasar en el propio ámbito nacional y regional. Recordemos que en el tiempo actual las antiguas fronteras han dejado de funcionar como tradicionalmente lo hacían.

El terrorismo no desaparecerá por su cuenta; más bien tenderá a ponerse más activo en la medida en que crezcan las tensiones internacionales. Como en todo, se requiere aquí una estrategia que vaya al fondo del fenómeno real, en todas sus implicaciones y consecuencias. Habría, pues, que poner verdaderamente en funciones el análisis esclarecedor de los múltiples problemas que aquejan al mundo contemporáneo, dejando a un lado los viejos prejuicios y las fórmulas que ya demostraron su inoperancia. Sucesos como los de París deben ser acicates de conciencia en todo sentido.

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