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El tiempo actual es un escenario en el que todos los países y cada país deben aprender y practicar lo suyo con visión proyectiva

Vivimos un tiempo en que lo inesperado se ha vuelto común y en que lo tradicionalmente aceptado se ha puesto cada vez más en crisis.
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El tiempo actual es un escenario en el que todos los países y cada país deben aprender y practicar lo suyo con visión proyectiva

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Sin duda, es la lógica de la evolución humana, que, aunque con frecuencia lo parezca, nunca se mantiene estática. Y una de las características más patentes de este fenómeno actual es la transversalidad del mismo: las viejas fronteras se vuelven láminas porosas, y no sólo en lo geográfico sino también en lo humano. Al respecto, el contraste con la época inmediatamente anterior es no sólo incuestionable sino ríspido en muchas de sus manifestaciones. Ante eso, los seres humanos de este momento tenemos que desplegar habilidades y capacidades muy concretas en función de integrarnos a la dinámica actual para hacer, desde ahí, todas las proyecciones que sean indispensables.

Lo que ahora mismo estamos viendo y experimentando en el mundo es efecto directo de esa transversalidad a la que nos referimos en el párrafo anterior. Aquel viejo esquema de superpotencias y de campos de influencia de las mismas es cosa del pasado. Este es un efecto que antes de 1989 hubiera parecido inverosímil, ya que los esquemas rígidos de poder siempre dan la impresión de ser definitivos, y más cuando dichos esquemas se mezclan con posiciones ideológicas absolutistas, como sucedía en aquellos entonces. Hoy las aperturas transversales hacen que todo parezca posible, con otro efecto de alta intensidad: el quedar a la vista que aquella división de mundos que parecía intocable –Primer Mundo, Segundo Mundo, Tercer Mundo, Cuarto Mundo– no pasaba de ser otra fantasía del poder. Ni el llamado Primer Mundo es un dechado de civilización ni el Tercer y Cuarto Mundos están en el fondo del pozo. La naturaleza humana se hace más evidente que nunca en todas partes, con sus luces y sus sombras.

Cuando se dan replanteamientos históricos como los que están a la luz en el día a día global, regional y nacional, lo que se impone es hacer lecturas pertinentes y sinceras de lo que pasa en cada lugar y en todas partes, para poder reubicarse cada quien donde le corresponde. A esto nadie escapa. El desconcierto y la confusión están a la orden del día. Citemos unos cuantos ejemplos: las recientes elecciones presidenciales en Estados Unidos, que han destapado pasiones que no daban señales de estar ahí; la crisis de la inmigración en Europa, que patentiza tanto el ansia de escape de poblaciones enteras en los entornos como el rechazo traumático de las naciones europeas a hacerse cargo de su responsabilidad; el pavoroso conflicto en el Medio Oriente, descontrolado en buena medida por los acumulados errores de Occidente en la zona...

Trastorno tras trastorno. Frase cacofónica que grafica la cacofonía imperante en el mundo actual. Una cacofonía moral, no sólo verbal. Y en esta línea de enfoque nos asalta lo que tenemos en nuestro país en las circunstancias presentes. En lo que corresponde a los efectos de la globalización, para un país como El Salvador son bastante más los beneficios que las adversidades. En primer lugar, por primera vez estamos realmente visibles en el mapa, pues antes éramos una mera partícula de la marginalidad. Las posibilidades competitivas también se nos expanden, y hay ahí un reto muy positivo al que tenemos que responder con lo mejor de nosotros. En pocas palabras: El Salvador lleva todas las de ganar si “se pone las pilas”, como se dice en lenguaje coloquial. Pero hay poco tiempo disponible para hacerlo, porque la aceleración es otra característica muy propia del fenómeno que se vive.

Los soplos y también las ventiscas se cuelan por todas partes, y hay que estar preparados para refugiarse y para desplazarse. Cada quien, más en cualquier otra coyuntura, es responsable de su suerte. Ese es el desafío mayor de la libertad y la mayor oportunidad para el éxito. Los salvadoreños, sin distingos de ninguna índole, debemos reconocernos como sujetos globalizados, a tono con el país. Y desde ahí emprender las labores innovadoras y transformadoras que nos conducirán hacia ese futuro mejor que tanto necesitamos y tanto demandamos.

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