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El tiempo habla

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En eras anteriores, el mundo era un mapa enigmático de lugares desconocidos, y eso estimulaba e impulsaba los llamados “descubrimientos”, que tenían como emblema las aventuras geográficas hacia lo remoto de identidades no anticipables. Podríamos decir que en aquellos múltiples entonces el tiempo hablaba “en lenguas”, porque había que ir descifrando sus mensajes como en el salón de consulta de un adivino o de un cartomántico. Así, para el caso, se produjo el descubrimiento de la que fue anecdóticamente bautizada como América, y que se convirtió de inmediato en la tabla de un ajedrez perfectamente esotérico para sus recién llegados “descubridores”. Han pasado los siglos, los decenios, los años, los días, las horas y los minutos, y desde cada uno de esos espacios temporales se vienen oyendo voces que circulan por las ondas del tiempo, como en una caravana circulatoria al estilo del organismo humano. Cada uno de nosotros es capaz de percibir y de asimilar esas voces con los respectivos matices, porque nunca olvidemos que si, como dice la sabiduría popular, cada cabeza es un mundo, ese mundo personalizado cuenta con su propia habilidad auditiva. Lo más sensato siempre es reconocer que el tiempo no es una entidad abstracta o etérea sino algo así como nuestro otro yo con identidad externa. Oigamos al tiempo. Y no como oír llover, según la costumbre más extendida, sino poniéndonos en el plano de los interlocutores inteligentes y comprensivos. Y la práctica hay que hacerla en forma cotidiana, porque nosotros somos seres del instante que sueñan con la eternidad. Tengámoslo presente.

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