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El tráfico en el área de San Salvador

Este es un problema multidimensional que no podrá resolverse con medidas parciales.
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 Se requiere de una visión estratégica que incentive la solidaridad y cohesión social, que vincule a los gobiernos municipales, las instituciones de gobierno, la empresa privada, la sociedad civil organizada y la población en todo sus estamentos.

Las medidas actuales contenidas en el plan “Cero tolerancia” no son más –desde mi perspectiva– que un ejercicio de medición de poder para la acción institucional y una aproximación de respuesta de los actores sociales. Ojalá que este plan sea sostenido y no suceda como el plan “mano dura”, “supermano dura”, “tregua” entre pandillas y otras experiencias negativas en el escenario social y político.

Una cosa es positiva: Las autoridades sintieron por fin la presión de los medios de comunicación y que el problema se está desbordando y produciendo muertes y costos económicos y políticos.

El tráfico en el Área Metropolitana de San Salvador tiene varias dimensiones. Por un lado la empresarial: los empresarios del transporte y todos los negocios vinculados al servicio. El Estado y las instituciones vinculadas a todas las áreas que regulan, norman y prestan servicio; y por otro lado la población; que son los pasajeros, los conductores, los peatones, los residentes de zonas afectadas.

Estamos ante un problema: cultural, educativo, sociológico, psicológico, de ingeniería y arquitectura, empresarial, político y de seguridad.

Cada año, el parque vehicular crece 7 % y no hay restricciones a la importación. Los vehículos usados son casi el 70 % de los que ingresos. Estamos llegando al millón de vehículos; factor de incidencia en el congestión vial, principalmente en el AMSS y principales vías de acceso.

La capacidad de las vías ya es de saturación: en las vías principales de la capital circulan entre 50 y 100,000 vehículos diariamente.

La proliferación de motocicletas se ha triplicado en solo dos años, lo que agudiza la situación. La gente prefiere usar este medio a pesar del riesgo, derivado de un pésimo servicio de buses, en su mayoría en condiciones deplorables.

Este es uno de los gremios que se agazapa y permanece, inmune por favores políticos a cambio de apoyo electoral.

Ante esto es preciso una política pública que consulte a todos los actores, que logre consensuar y manejar las diferencias, porque el problema tiene una profunda raigambre cultural.

Los promotores del plan “Cero tolerancia” hablan de un cambio de actitud. ¿Pero qué se requiere para un cambio de actitud?

Se puede lograr el cambio de comportamiento por la fuerza, pero la fuerza no resulta muy eficaz, cuando lo que se pretende es conseguir un cambio en la manera de pensar y actuar de alguien. Suele ser contraproducente. Si queremos que el otro deje de estar sordo y tenga interés en escucharnos, primero tenemos que escucharle nosotros a él. La empatía y la capacidad de entender al otro son los cimientos sobre los que se asienta la capacidad de motivación.

El primer paso para poder motivar a los otros es observarles e intentar saber todo lo posible sobre su manera de pensar. Una vez que hemos identificado la actitud o actitudes que queremos que el otro cambie, lo siguiente es formular la actitud alternativa que le vamos a presentar.

Si queremos que alguien cambie el mapa que está usando necesitamos ofrecerle un mapa mejor, de lo contrario seguirá usando el que tiene y al que está acostumbrado.

No solamente debe actuarse bajo un plan de cero tolerancias, sino también se requiere de visión y planificación estratégica y la participación activa de todos los actores.

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