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El transfuguismo, síntoma de la crisis de la clase política

En ese escenario, pues, la cuestionada transparencia en el financiamiento de los partidos políticos, la nula producción intelectual e ideológica de sus cúpulas y la identificación del poder como propósito per se sin ponerlo al servicio de la comunidad se confabulan para decepcionar a aquellos que visitan la palestra con buenas intenciones y atraer a elementos que no sólo pueden ser tránsfugas de unos colores sino auténticos mercenarios.

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Las tres principales complicaciones del sistema electoral son la campaña adelantada, el recurso al insulto en detrimento del debate y los candidatos que pretenden inscribirse sin satisfacer los requisitos, especialmente los tránsfugas. Y aun cuando cada una de estas taras está identificada y reglamentada en el Código Electoral, algunas fuerzas políticas sufren la tendencia a recaer en ellas, como lo ha demostrado prácticamente el total de los partidos en contienda en lo que a sus candidaturas a alcaldes y alcaldesas respecta.

Sobre el transfuguismo en su calidad de fraude a los electores se ha producido importante jurisprudencia en el último quinquenio. Pero con independencia de lo que los órganos Judicial y Legislativo planteen al respecto en los próximos años, esta práctica ilustra algunas de las realidades más crudas de la partidocracia salvadoreña.

Aunque por proceso histórico nacional e internacional, las principales ideologías y paradigmas de hace tres décadas han mutado, se han debilitado o desaparecido, las ideas transversales que dominan el escenario público en Occidente giran alrededor de nuevos derechos como el de la conectividad, o del dramático rescate de viejos derechos como al agua; también sobre cuánta inversión social y cómo financiarla, o sobre hasta dónde debe permitirse que llegue el desarrollo urbanístico versus la conservación del medio ambiente. En resumen, una agenda con tanto del siglo XX como del XXI; y un partido político no sólo puede sino que debe posicionarse frente a esos temas, animado inevitablemente por su ideología.

Sin ideología, lo único que queda es el cascarón sin sustancia del pragmatismo; sin paradigma, no hay formación, construcción del discurso, programa ni debate, sólo estrategia electorera, táctica por la táctica y a la postre, aunque no se cuente con una inspiración filosófica, se puede caer en profundas contradicciones éticas. Es imposible hacerle un servicio a la comunidad si no hay una declaratoria previa sobre en qué consideración se tiene al Estado versus el mercado, a la ciudadanía versus el aparato del Estado, a la democracia frente al control social.

Pero cada vez son más los ciudadanos que interesados en el servicio público se inscriben en la política partidaria para acto seguido desdecirse y abjurar. Es un proceso de pretendida purificación que en realidad desnuda la vulgarización de la partidocracia, convertida para estos militantes en apenas unos ritos que cumplir si se quiere vivir del erario a través de salarios o contratos.

Así de macilento luce el ejercicio democrático en esta década. La ausencia de movimientos sociales a través de los cuales ejercer el derecho a la participación y la posibilidad de incidir en la agenda pública es brutal; la conciencia y organización ciudadana sobrevivió a la represión militar el siglo pasado sólo para que la desidia y el analfabetismo ideológico de "la nueva nación" la redujeran desprevenida en esta época.

La inscripción a un partido político nunca le hará justicia al activismo ciudadano independiente, pero serviría de algo si las cúpulas de los partidos fuesen progresistas y no la sala de máquinas de otros intereses, como terminó pasando en la época de oro de nuestra democracia, con la transición entre ARENA y el FMLN; antes y después de ese hecho fundamental, el timón de la política tradicional ya no tiraba hacia la agenda del bien común sino hacia el plan de facciones de inspiración mafiosa.

En ese escenario, pues, la cuestionada transparencia en el financiamiento de los partidos políticos, la nula producción intelectual e ideológica de sus cúpulas y la identificación del poder como propósito per se sin ponerlo al servicio de la comunidad se confabulan para decepcionar a aquellos que visitan la palestra con buenas intenciones y atraer a elementos que no sólo pueden ser tránsfugas de unos colores sino auténticos mercenarios.

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