El transporte público como motor de civismo y cultura ciudadana para El Salvador

En promedio, más del 60 % de las mujeres ha sufrido algún tipo de violencia sexual, en forma de agresión física o verbal, en el transporte público de las ciudades de América Latina.
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“Yo viajo tranquila en el SITRAMSS” no solo ha sido el lema de una campaña educativa ejecutada por el Ministerio de Obras Públicas y el Instituto Salvadoreño para el Desarrollo de la Mujer. También es un logro para el país, como pude comprobar hace unos días cuando leí en un periódico local que el Foro Nacional de Salud declaraba el SITRAMSS como espacio libre de violencia. Debo reconocer que, al leer el artículo, me emocioné. Me emocioné como mujer, al ver esta respuesta ciudadana ante un grave problema al que se enfrentan a diario miles de salvadoreñas: el acoso y la violencia de género en el transporte público. También me emocioné como ciudadana, al ver cómo la sociedad civil del país reclama más seguridad y una cultura más cívica. Pero, sobre todo, me emocioné como representante del BID en El Salvador. Desde el BID, hemos apoyado esta apuesta por un nuevo modelo de transporte, que aspira a reinventar la movilidad del área metropolitana de San Salvador. Y creo que estas mujeres han entendido bien su enorme potencial transformador. Me gustaría explicarles por qué.

Contar con una red eficiente, rápida y segura de transporte público no es solo una forma de conectar a personas con puestos de trabajo, centros educativos u hospitales. También es una herramienta contra la desigualdad, tanto económica como de género. El transporte público permite a cualquier ciudadano, independientemente de su nivel de renta, movilizarse de forma segura y eficiente y acceder a empleos y oportunidades de educación. Pero además, permite a las mujeres movilizarse de manera segura y flexible, siempre que el sistema cuente con las condiciones adecuadas.

Por desgracia, en muchas ocasiones este no es el caso. Las cifras son alarmantes: en promedio, más del 60 % de las mujeres ha sufrido algún tipo de violencia sexual, en forma de agresión física o verbal, en el transporte público de las ciudades de América Latina. De hecho, la falta de seguridad es para las mujeres el principal problema a la hora de movilizarse, por delante de aspectos como el precio de los boletos, la frecuencia de los servicios o la falta de accesibilidad.

Esa percepción de inseguridad hace que muchas mujeres terminen por cambiar sus rutas y modos de transporte, lo que aumenta sus tiempos de desplazamiento (por ejemplo, dejando pasar buses que van demasiado llenos por miedo a ser acosadas) y sus costos (al sustituir el bus por el taxi o el automóvil). Además, las mujeres jóvenes son las más afectadas por este problema: cuanto mayor es el tiempo de viaje y más joven es la pasajera, mayor es la probabilidad de que sea víctima de una agresión o que presencie un delito.

Sin embargo, estos problemas no afectan solo a las mujeres, sino a la sociedad en su conjunto. Al limitar la movilidad de las mujeres, también se reducen sus oportunidades de empleo y se incrementa el absentismo laboral, impactando en últimas la productividad de los países. Por eso desde el BID estamos trabajando en temas de género y transporte más allá de financiar sistemas como el SITRAMSS. También hemos puesto en marcha iniciativas como GenderLAB, una red de ciudades latinoamericanas que se han comprometido no solo a mejorar la seguridad de las mujeres en el transporte público, sino a apoyar la su incorporación laboral en el sector y a pensar en las necesidades de todos y todas a la hora de diseñar sistemas de transporte. Por ahora, cuatro ciudades (Ciudad de México, Bogotá, Quito y Buenos Aires) se han sumado a la red, pero esperamos que en un futuro la lista se amplíe.

Pero volviendo al caso de San Salvador, como explicaba al principio, creo que el transporte público tiene el potencial de convertirse en un espacio transformador, quizá “santuario” idóneo para promover las buenas prácticas, el civismo y la cultura ciudadana. Basta con ver las estaciones del SITRAMSS en hora pico para darse cuenta de cómo se está generando una nueva cultura. La gente hace fila de manera ordenada, se respira un ambiente de respeto y seguridad y los usuarios empiezan, sin casi darse cuenta, a relacionarse con su ciudad de manera diferente.

Lo poderoso de esta nueva mirada es que nos puede ayudar a imaginar no solo un nuevo modelo de ciudad, sino también de sociedad. Por eso es tan importante que los ciudadanos puedan vislumbrar, sobre todo en las primeras etapas de construcción de sistemas como el SITRAMSS, que los sacrificios que implican al comienzo (en forma de obras, más tráfico y molestias) son solo una fase transitoria, una fase por la que además han pasado otras urbes en Latinoamérica. Una vez concluidos, este tipo de sistemas de tránsito rápido han probado una y otra vez que son una potente herramienta de transformación urbana. Cada vez más ciudades latinoamericanas están apostando por este tipo de sistemas y ahora San Salvador tiene la oportunidad de sumarse a este movimiento para reinventarse por completo.

Una vez leí que los países verdaderamente desarrollados no son aquellos en los que todo el mundo puede comprar un carro, sino aquellos en los que el transporte público es tan eficiente, rápido y seguro, que la mayoría de ciudadanos lo elige frente al vehículo particular. Por eso, el hecho de que este grupo de mujeres haya salido en defensa del SITRAMSS como un espacio libre de violencia indica en mi opinión dos cosas. Lo primero, que muchos en la sociedad civil de El Salvador soñamos con una ciudad más humana, igualitaria y segura. Y lo segundo, que invirtiendo en sistemas como el SITRAMSS, estamos avanzando en la dirección correcta en nuestra misión de crear una ciudad con oportunidades para todos y todas. Creo que esta reflexión es pertinente no solo en un día como hoy, Día Internacional de la Mujer, sino en cada uno de nuestros desplazamientos –hacia nuestro hogar o nuestro trabajo– todos los días.
 

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