El tratamiento del fenómeno migratorio debe hacerse con base en realidades históricas, no en función de reacciones fanatizadas

Si bien las situaciones de violencia expansiva y de inseguridad creciente impulsan masivamente hacia el éxodo, de seguro la principal motivación para que los salvadoreños, en significativas cantidades y con énfasis en la población joven, busquen nuevos horizontes está en el propósito de ir en busca de mejores perspectivas de vida.
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Hay países que, por su propia configuración interna, son conglomerados de emigración, y otros que, por ese mismo motivo, son sociedades de inmigración. Desde siempre, El Salvador ha sido un país de emigración, y eso se manifiesta constantemente, aunque las circunstancias vayan cambiando y determinen expresiones migratorias diversas en el tiempo. Por su parte, Estados Unidos ha sido y de seguro seguirá siendo país de inmigración, cuyas condiciones también son cambiantes en el decurso histórico. Estas son realidades que se enlazan en el escenario de los hechos humanos, y así vemos cómo en los decenios más recientes y hasta la fecha la dinámica emigración-inmigración entre nuestro pequeño país centroamericano y la gran nación del Norte se ha vuelto una corriente cada más caudalosa.

Si bien las situaciones de violencia expansiva y de inseguridad creciente impulsan masivamente hacia el éxodo, de seguro la principal motivación para que los salvadoreños, en significativas cantidades y con énfasis en la población joven, busquen nuevos horizontes está en el propósito de ir en busca de mejores perspectivas de vida. Aquí el desarrollo real y accesible está aún muy lejano, y, en abierto contraste, Estados Unidos y otros países que en menor medida se ven como destino ofrecen oportunidades que pueden ser aprovechadas de inmediato. Y todo esto va estimulado por la lógica aperturista de la globalización, que cada vez más funciona como un escenario donde el progreso es factible sin tener que esperar demasiado.

El intensivo acontecer migratorio se da hoy en diversas zonas del mundo, y especialmente en aquéllas en que hay conflictividades desatadas. Es, para el caso, lo que ocurre en muchas naciones del Oriente Medio, en las que los devastadores brotes terroristas lanzan a poblaciones enteras hacia afuera. Europa está en crisis por ello, y las reacciones autodefensivas no se hacen esperar. Ese rechazo a las migraciones invasivas detona actitudes de peligroso extremismo, que ya están afectando a la misma unidad europea, con efectos imprevisibles en el inmediato futuro. Situaciones como ésta amenazan con derivar en desgarramientos mayores y en devastadores estragos humanos, que parecían haber quedado ya muy atrás.

En lo que toca a Centroamérica, y muy especialmente a nuestro país, la incidencia de factores transnacionales de gran impacto como son el narcotráfico y el crimen organizado en sus diversas formas viene trastornando a diario la suerte de nuestra gente, dentro y fuera de las fronteras patrias. Y a eso se une la agresiva política antiinmigrante que se está activando en la sociedad estadounidense, lo cual podría afectarnos a profundidad en muchos sentidos, desde lo humano hasta lo económico y social. Ante tan peligroso y desafiante panorama lo único sensato es que todos los actores en juego, incluyendo los países de origen en nuestra zona y el principal país de destino en el Norte, entren en un ejercicio de racionalidad histórica verdaderamente constructivo, en el que sin dejar de lado las garantías de seguridad para todos se pueda entrar en fase normalizadora tanto de la permanencia en los lugares de origen como de la asimilación en los espacios de destino.

Tenemos confianza en que las expresiones reales inmediatas de toda esta problemática se vayan encauzando de manera inteligente y responsable, para bien de todos.

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