El ungido

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Cristian Villalta - Gerente Editorial de grupo LPG

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Napoleón, genial militar francés, era tan megalómano que tras asumir los plenos poderes del Estado a inicios del siglo XIX ordenó a sus lugartenientes inmortalizar en una pintura el momento en el que se autocoronó emperador. Aunque ya había convenido con el papa Pío VII que nadie le impondría la corona de laureles sino que él mismo la tomaría y se la colocaría, simbolizando que ningún hombre sino la divinidad misma lo había elegido para dirigir al pueblo, luego el mismo Bonaparte aprobó la leyenda de que arrebató la diadema de las mismísimas manos del pontífice.

Y de eso y más trata el famoso cuadro, "La Consagración", una monstruosidad de 6 y medio por casi 10 metros que le fue encargada a Jacques Louis David, el pintor favorito del emperador y su familia, uno de los grandes del neoclásico, apreciado por Bonaparte tanto por su arte como por su docilidad, tal cual le demostró luego de pintar el famoso retrato ecuestre del estadista sobre un potente frisón encabritado pese a que era conocido que Napoleón cruzó los Alpes sobre una mula.

Una y otra vez a lo largo de la historia, un personaje así pone en perspectiva lo truculento del corazón humano, en especial lo relacionado con la psicología del poder y de la dominación. Es que si bien reconocemos que sólo una mente desequilibrada puede albergar pretensiones mesiánicas, la determinación personal nunca será suficiente a menos que esa mujer o ese hombre gocen de condiciones históricas a su favor, entre ellas un espacio en el imaginario colectivo lo suficientemente inquietante como para no sólo admitir sino acoger la dominación como si fuera una frazada mullida y tibia. Abrazar a un déspota es una de las caras de la moneda; la otra es celebrar la pertenencia al rebaño.

No es pretensión de estas letras idear una comparación calenturienta si bien aquí entre nos parece obvio que el libretista del presidente ha leído aunque sea por encimita "El Dieciocho Brumario" de Carlitos Marx. O bien es sólo que los hombres de ayer, antier y hoy son igual de manipulables ante los mismos signos, símbolos y cuenteretes, y a un propagandista de hace 200 años como a los de hace 100 o a los de hoy les hacen sentido las mismas manipulaciones.

La manipulación más poderosa, efectiva antes como ahora porque la comunidad, la nación, el colectivo moderno es un animal sin vértebras que cabe casi que en cualquier recipiente si le pegas lo suficiente para que entre, es la del designio divino. Y en eso, por más que del laurel no conozca ni la infusión (generosa especie aromática cuyo té le aliviaría sus obvias úlceras), vale lo mismo Bukele que Bonaparte, Chávez que Saca, Uribe que Bush hijo.

"Jamás esperé ser presidente pero Él me dio el mando", dijo Jair Bolsonaro, para luego explicar ese milagro con un "creo que Dios es brasileño". Y sí, nos luce reírnos de su atrevimiento y del de tantos otros pero no hace ni una semana que el mandatario salvadoreño dijo, en una sesión solemne del órgano legislativo en la que mencionó ocho veces la intervención celestial, que él se encargará de que nadie se interponga entre Dios y su pueblo.

Aunque algunas de sus frases más aplaudidas por el poco exigente auditorio de aquella noche tenían una explícita connotación política, la misma naturaleza de la ocasión volvía innecesarias las alegorías religiosas. Pero igual esa noche se escuchó en cadena nacional que el presidente impedirá que sus paisanos regresemos "al sistema" que nos expolió desde Manuel José Arce hasta Salvador Sánchez Cerén "mientras Dios me dé fuerzas".

Y en particular hubo un "no debemos quedar bien con nadie excepto con Dios y el pueblo" que bien serviría de epitafio para cualquier democracia. Si sólo reconoces como interlocutores al Creador y al populus, malos tiempos corren para la transparencia y la rendición de cuentas.

Pero ni él ni un club de vanidosos delirantes antes suyo se arrogaron esa conexión sobrenatural por estar locos sino porque conectaba con la desesperación de sus contemporáneos. Y en esas estamos ahorita en nuestro paisito, con profusión de pintores dibujando corceles por burritos.

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