El verdadero éxito de los planes de seguridad se mide en el sentir ciudadano, porque es ahí donde la inseguridad está haciendo más estragos

En efecto, lo que ya no convence a nadie es seguir en la improvisación de acciones cuando lo que se requiere es un planteamiento integral que no sólo toque todos los temas de fondo sino que posibilite dinámicas de tratamiento efectivo de los mismos.
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La experiencia vivida en la llamada “tregua” entre pandillas, que se lanzó allá en 2012 con bombo y platillo como un experimento novedoso para bajar el índice de homicidios en el ambiente, debería servir como ejemplo vivo de lo que no hay que hacer si se quiere que las cosas funcionen en serio. Dicha “tregua”, que fue un acuerdo tortuoso, disminuyó las muertes violentas entre pandilleros, pero lo demás siguió igual. Cuando las autoridades, presionadas por la opinión ciudadana, tuvieron que retomar medidas de lucha contra las pandillas, todo se vino abajo. Y lo que quedó claro fue que no se debe ni se puede entrar en entendimientos entre la autoridad y los grupos que están al margen de la ley, sean cuales fueren su naturaleza y sus propósitos. Ahora están saliendo a luz algunos de los “beneficios” que obtuvieron los liderazgos pandilleriles a cambio de reducir los homicidios entre sus grupos, con la correspondiente rebaja estadística que favorecía la imagen gubernamental. Nada de eso es admisible bajo ningún concepto.

El gravísimo y acuciante problema de la criminalidad en auge permanece en pie, y hay cada vez menos excusas para seguir retrasando su abordaje completo y definitivo. Aunque algunos planes están en marcha, como por ejemplo El Salvador Seguro, lo cierto es que lo que se sigue manifestando en la atmósfera nacional es una gran incredulidad sobre la efectividad que dichas acciones puedan generar en los hechos, ya que tenemos una larga experiencia de frustración acumulada por los efectos que se han producido en la puesta en práctica de medidas presuntamente eficaces como las llamadas “manos duras” o la “tregua” antes comentada, que a la postre fueron humo de pajas.

En efecto, lo que ya no convence a nadie es seguir en la improvisación de acciones cuando lo que se requiere es un planteamiento integral que no sólo toque todos los temas de fondo sino que posibilite dinámicas de tratamiento efectivo de los mismos. Por ejemplo, el punto candente de la extorsión no puede continuar quedando al margen como si fuera una cuestión secundaria: hay que atacarlo en forma directa, generando investigación personalizada en el terreno y desarticulando estructuras criminales de sostén. Esto está directamente vinculado por los controles territoriales que viene desarrollando la delincuencia organizada, específicamente en su versión pandilleril. La ciudadanía honrada sufre en las comunidades todos estos flagelos, y el sentir que no hay una respuesta institucional realmente decisiva hace que la inseguridad se vaya volviendo cada vez más insoportable.

No se trata de crear estructuras multisectoriales masivas para tratar este tipo de problemas; es decir, no basta con sentar a la gente a la mesa para que hable sobre la problemática aludida. Más que programas generales de trabajo lo que se requiere es una metodología de acción que aborde todos los aspectos de la inseguridad, con sus causas y consecuencias, para sacar un proyecto consensuado, organizado y calendarizado, en función de hacer la tarea a cabalidad y a plenitud. La ciudadanía está ansiosa de empezar a ver resultados creíbles y sostenibles, y las señales para ello son decisivas.

No hay que perder más tiempo en asuntos de mera coyuntura: lo que se precisa es entrarles con todo a los problemas fundamentales, y la inseguridad está en primera línea.

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