El verdadero reto está en generar una nueva visión centroamericana de cara al mundo global

El pasado de divisionismos autolimitantes debe quedar definitivamente atrás: abrámonos, en conjunto, hacia un futuro que potencie todo lo que somos y todo lo que podemos ser.
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Centroamérica viene siendo, prácticamente desde siempre, un proyecto inconcluso y en muchos aspectos fallido. Los centroamericanos nunca pudimos integrarnos de veras, y más bien lo que ha imperado en nuestra subregión es el espíritu divisionista, que frecuentemente ha mostrado ribetes agresivos. Las diferencias entre nuestros países han podido más que las afinidades, cuando éstas, en la realidad, son mucho más profundas que aquéllas. Vivir de espaldas unos con otros, en un vecindario tan estrecho, nos ha generado una incomodidad histórica permanente, que desde luego no deja nada bueno sino que, por el contrario, trae múltiples pérdidas acumuladas.

Pero la realidad, con sus diversos imperativos sobre el terreno, va propiciando sus propias dinámicas; y, en los tiempos más recientes, tres fenómenos han sido notorios en los tres países centroamericanos que forman lo que se ha dado en llamar el Triángulo Norte de la subregión: Guatemala, El Salvador y Honduras. Esos tres fenómenos son: la masiva y constante emigración de nacionales hacia Estados Unidos, el ser una zona crítica del corredor del narcotráfico hacia el Norte y la galopante delincuencia que viene azotándonos de manera inmisericorde. Todo esto, en dramática conjunción, pone a nuestras sociedades y a nuestras institucionalidades respectivas en una situación que ya no es posible mantener en angustioso suspenso.

Y lo que estamos viendo emerger es algo que en otro momento hubiera sido inimaginable, pero que ahora mismo es producto espontáneo de las circunstancias: Estados Unidos y nuestros tres países del Triángulo Norte centroamericano estamos emprendiendo, en asocio muy prometedor, un esfuerzo para responder a las circunstancias reales con verdaderas posibilidades de efectividad. La Alianza para la Prosperidad no es producto de la buena voluntad, sino efecto de la necesidad compartida; y eso hace que las perspectivas puedan llegar de veras a concretarse. Dicha dinámica impulsa, por su propia naturaleza, acercamientos promisorios entre El Salvador, Guatemala y Honduras, que han comenzado por estimular una atmósfera de comprensión y apoyo mutuos que puede acarrear grandes beneficios para todos.

Durante la visita que el Presidente de Honduras hizo a nuestro país el pasado 10 del mes en curso, las expresiones tanto del gobernante salvadoreño como del mandatario hondureño reafirmaron esa voluntad nueva de hacer las cosas con hermandad responsable. El Presidente Sánchez Cerén le dijo en su mensaje al Presidente Hernández: “Su visita es una visita de hermanos comprometidos con el desarrollo de la región centroamericanos”. Y el Presidente Hernández respondió: “Somos hermanos, siempre hemos estado aquí juntos, somos vecinos y tenemos que crecer en esa amistad juntos”. Buenas palabras, que ahora ya no podría llevarse el viento, porque los hechos y las demandas de la realidad son las que las sustentan.

Tenemos enfrente al mundo globalizado, y ese es un escenario que también nos invita imperativamente a obtener todas las ventajas de ser una subregión estratégicamente ubicada y que debe responder efectivamente integrada. El pasado de divisionismos autolimitantes debe quedar definitivamente atrás: abrámonos, en conjunto, hacia un futuro que potencie todo lo que somos y todo lo que podemos ser. En esta era, ni los más grandes pueden funcionar solos; y nosotros, en la unión integradora tenemos que construir nuestra propia grandeza.

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