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El viaje

Si tenemos en poco cualquier acto divino en nuestra vida, poco amor daremos. No basta con el testimonio del diente al labio.

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Ocurrió hace algunos días con el que escribe. Cuando abrió el sobre del examen que hacía una hora se había tomado, no esperó llegar al auto, quería la noticia directa, sin anestesia, ¡Positivo! De inmediato dobló el papel sellado y firmado. Sentado en su automóvil, desplegó de nuevo la página membretada, como esperando que cambiara el resultado, pero estaba claro, no era un malestar de un proceso gripal cualquiera. Era covid.

Sus manos sobre el timón y sus pensamientos viajando a mil kilómetros por hora en curvas mortales y casi estrellándose con muros de la desesperanza, pues todo lo que se dice de la enfermedad indispone más rápido a cualquiera, de repente frenó esos pensamientos, respiró profundo, levantó la mirada al cielo y llamó al 132 para reportarse positivo, una voz sin rostro ni sentimientos le dio indicaciones. Seguir el tratamiento y esperar en Dios fue el único camino. Una Paz que sobrepasa todo entendimiento inundó su corazón.

¡Calma, todo estará bien! susurró el silencio. Fue cuando interactuó y preguntó: ¿Qué quieres, Jesús? Ni un solo sonido alteró la tranquilidad que sobrevino a la pregunta. El fuego de la fiebre que hizo temblar su cuerpo y la bomba atómica que estallaba en su cabeza estaban allí, tan reales que era imposible evadir la batalla humana del covid que hacía temblar la fe, ponía de rodillas el Espíritu y el alma se partía en mil pedazos.

Había comenzado la cuarentena y pensó: ¿Qué podrá pasar en estos 14 días? Y pensó que dejaríamos a los demás, si algún día no hay tiempo ni de arreglar maletas para los viajes que llegan a nuestra vida producto de un largo proceso o un inesperado acontecimiento.

Saludar, abrazar, escribir, llamar, besar, apasionarse, orar, sincerarse y hasta discutir con amor, deberían ser algunos verbos conjugados en presente activo y expresados físicamente a diario para no tener que dejarlos en el limbo de la mente de quienes decimos amar y, ¿por qué no?, en quienes creemos odiar.

Eso suele ocurrirnos a muchos seres humanos en tiempos casi apocalípticos de convulsiones sociales, cuestionamientos a la fe, destrucción medioambiental, radicales posiciones político-ideológicas, crisis existenciales y enfermedades casi incontrolables (cáncer, diabetes, hipertensión, covid, etcétera).

Menudos pensamientos que a diario nos ubican en esa línea tenue, indeleble, casi imperceptible de la fe que demanda actitud; que nos ponen en la gran disyuntiva de "que se haga como nuestro corazón y mente lo piden (y tenemos derecho) o que prevalezca la voluntad de Dios que siempre tendrá un propósito y ante la cual se debe tener discernimiento en el Espíritu para actuar de acuerdo con los hechos que sucederán –a Dios rogando y con el mazo dando" dirán algunos.

Es cuestión de resistir, orar, agradecer y esperar. ¿Vives una de esas historias? Esas en las que Jesucristo se vuelve protagonista en una crisis de salud, familiar, laboral, profesional, personal, académica o del tipo que sea.

¿Por qué alguien puede sobrevivir a un cáncer y otro no? ¿Por qué un ser humano puede morir, estar al borde de la muerte o sobrevivir al covid? ¿Por qué puede una persona tener una gran casa y otro solo dispone de lo básico? Grandes preguntas, inmensos desafíos de fe que, al final, solo Dios puede revelarnos con el tiempo, en multiformes circunstancias para ver si somos capaces de cambiar la pregunta y cuestionarnos: ¿Para qué ocurrieron cosas buenas o malas en nuestra vida?

Cuando nuestros actos de fe nos permiten una oportunidad de seguir adelante, la demanda de servicio a los demás será mucho mayor, porque quien más recibió, más se le exigió. Si tenemos en poco cualquier acto divino en nuestra vida, poco amor daremos. No basta con el testimonio del diente al labio.

Entonces el que escribe se pregunta: ¿Cómo y para qué se transformó, fortaleció o aumentó su fe en días de silencio, dolores, reflexión, agradecimiento y oración? Y la respuesta es clara: para que ayudar, dar, abrazar, difundir y colaborar no sean verbos, sino hechos que exige el cielo para evaluar que nuestra fe no sea muerta, sino que fue renovada en un viaje espiritual de 14 días.

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