Elecciones: cuestión de sentidos

Tras la campaña vienen la vigilia y la reflexión, como preámbulo de las elecciones para diputados y alcaldes, en la cual la palabra cambio, usada en exceso, perdió parte de su encanto y convencimiento; la realidad se impone a un populismo que poco cala en las presentaciones de plaza, panfletos y anuncios llenos de promesas.
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Buena labor de asesores-redactores. De ahí que los votantes usarán sus sentidos al máximo, especialmente el oído y la vista; el primero para advertir cuando es usada la palabra lisonjera y el mensaje insustancial como atractivos.

También abrir bien los ojos ante la atiborrante publicidad, especialmente la oficial, sacando ventaja de todos sus recursos y el hacer coincidir en el periodo preelectoral apertura de obras de manera disimulada.

En el terreno edilicio, en algunos casos pesará más la fuerza del partido que la mala labor de un alcalde, pero si es nuevo y prometedor el candidato hay que darle el beneficio de la duda. Es trascendental el gane en la capital –la joya de la corona–, mas, por su complejidad, necesitará un desempeño de mucha visión y capacidad.

Lo municipal trae algo nuevo. La expectativa de los concejos pluripartidarios (una de dos: o sirven para las cuentas claras por vigilarse unos a otros, o se convierten en “torres de Babel” por falta de consensos). Sería bueno que desde su arranque quede claro el tema del ALBA, el cual no ha tenido transparencia.

Asimismo es prioritario que todas las alcaldías armonicen posición con MIDES y dejen fuera partidismos.

Para el propósito de este artículo los sentidos cuentan, fundamentados en su definición: facultad para entender o para actuar. Función orgánica para captar información del medio exterior. Pero, además del uso tomado, el término es aplicado en otras circunstancias, como es el caso de sentido contrario: conducta de un partido, supuestamente de extracción derechista, que se suma a la izquierda para favorecerla en la aprobación de leyes criticables, con dispensa de trámites y “madrugones”.

Para lograr que las representaciones partidarias emitan leyes de beneficio para los salvadoreños tienen que utilizar el sentido común; estar conscientes de que ninguna fuerza, por sí sola, podrá lograr que el país avance. Las polarizaciones frenan el desarrollo. La definición de sentido común es tajante cuando se le toma como la capacidad de distinguir lo verdadero de lo falso.

Las estadísticas electorales, una vez más, presagian la prosecución del abstencionismo; apatía justificada o no, que debilita la democracia. Ojalá esta vez, esa franja de ciudadanos (llámense indecisos o anuladores de votos) recuerde la frase de: sentido del deber, para que su voto aporte a la construcción de la patria que todos deseamos.

Agregamos un sentido extra –se le conoce como el sexto sentido–, el de la intuición. En la jerga popular y política podríamos nominarlo el “buen olfato” para distinguir lo bueno y lo malo, desechar politicastros con sus acciones “camaleónicas”.

Valoremos, bajo nuestra lupa, a candidatos y partidos. Elijamos ciudadanos honestos, acostumbrados al trabajo, al emprendimiento y no a elementos proclives al burocratismo, la no transparencia y vinculaciones foráneas, riesgosas para la patria.

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