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Sigfrido Munés - Colaborador de LA PRENSA GRÁFICA

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Cuando en Francia se unieron distintas fuerzas políticas para elegir presidente a Emmanuel Macron y cerrarle el paso al populismo, sabían perfectamente quién era la persona que estaban escogiendo. Y los franceses no iban a votar solamente por su buena presencia. Conocían su desempeño como funcionario, sus ideas y sus proyectos. Su hoja de vida se había publicado ampliamente.

En cambio aquí navegamos en lo oscuro. En la Alcaldía de San Salvador, por ejemplo, desapareció el currículum de Nayib y nadie tiene la menor idea de cómo se perdió. Es de esperarse que él mismo provea una reposición.

Según el diccionario, “currículum vitae es la relación de datos personales, formación académica, actividad profesional y méritos de una persona”. Omitir la formación académica es privarle de su núcleo.

El currículum se le exige aun a los aspirantes a un modesto empleo, no digamos a quienes pretenden escalar las máximas alturas en la actividad profesional, empresarial o política. Para ascender se requiere de una adecuada preparación y esta tiene que acreditarse debidamente.

La presentación del currículum vitae (hoja de vida) por sí sola puede no llenar las expectativas de quien va a elegir a un empleado, ejecutivo o funcionario, pero es el primer requisito exigible a un aspirante que debe calificar bien para la posición a que aspira.

Ante las carencias y graves problemas de la época, que afligen a no pocos países lastrados por la incapacidad y la corrupción, hay que hacer un alto en el camino para revisar los recursos humanos y lo que se hace para su mejor desempeño y rendimiento.

En El Salvador hablamos de la “clase política” atribuyéndole todos nuestros males, como si se tratara de un grupo homogéneo de personas y excluyendo de responsabilidades a la sociedad que de una u otra forma les ha puesto en las posiciones en que se encuentran. ¿De qué manera los electores se cercioran de sus méritos y pecados? ¿Conoce Pedro, por ejemplo, el historial de esos funcionarios a quienes les dio su voto en las recientes elecciones? ¿Quién peca más, el candidato que pone un velo sobre su ser y hacer, o el desinformado que solamente elige por simpatía o rechazo a una bandera o a un rostro, sin medir las consecuencias?

Ciertamente una persona puede mentir al elaborar su hoja de vida y engañar a quienes la reciben, pero no se puede mentir para siempre. Quien miente sobre sí mismo para explotar la ignorancia, la insatisfacción o el resentimiento de algunos sectores, tarde o temprano será descubierto y si es un político recibirá el rechazo del electorado.

El Salvador necesita que seamos propositivos y no nos quedemos en la denuncia o la crítica. Son muchos los problemas que requieren soluciones, pero debemos comenzar por lo más sustancial: asegurar la supervivencia del Estado y la defensa de nuestra incipiente democracia, amenazada por la desmedida ambición de quienes aman las autocracias y los privilegios derivados de ellas. No podemos regresar sin ton ni son a escenarios ya superados, ni destruir lo que medianamente se ha podido hacer. Hace falta que la nueva Asamblea Legislativa haga las reformas a la Ley Electoral tantas veces sugeridas, para convertir al TSE en un verdadero tribunal y que deje de ser juez y parte. Reformas para incidir en la conducta de los aspirantes a cargos públicos, de quienes esperamos honestidad y transparencia. Necesitamos saber toda la verdad sobre ellos para no ser sorprendidos por falsos redentores y encuestas manipuladas.

No puede aceptarse distorsiones o la mutilación del perfil y el historial de candidatos, funcionarios y exfuncionarios. La ley debe ser aplicada para sancionar a los responsables de hacerlo y para proteger al público.

Elemental, amigo Watson.

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