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Ella tiene mucha razón...

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“La corrupción se está robando el dinero de la gente”... Fue lo que expresó recientemente con lacónica contundencia ante los medios de comunicación la señora embajadora de Estados Unidos en nuestro país, Jean Elizabeth Manes. Y francamente, ella tiene mucha razón.

Lo manifestado por la embajadora es una verdad irrefutable que todos en este país sabemos desde hace mucho, mucho tiempo atrás, y que nadie, absolutamente nadie, puede contradecir ni buscarle lecturas suaves ni matizadas al comentario. Tampoco se debe recurrir a interpretaciones ad-hominen para disminuirle la veracidad al duro impacto de la opinión por ella vertida; y menos para aplacar la voz de la conciencia de todos aquellos personajes políticos de derechas, centros e izquierdas que se han enriquecido ilegalmente a lo largo de los últimos 32 años de las malas y escandalosas prácticas de este execrable pecado social que tiene rostros de exclusión de oportunidades, “cartelización” de privilegios, robos, saqueos, hurtos y enajenación perversa en contra del patrimonio nacional del Estado salvadoreño.

La embajadora Manes, con atinado manejo diplomático, agregó que está comprobado que la corrupción no tiene ideologías. Otra impactante y reveladora expresión que nos deja claro que la embajada norteamericana está bien consciente y desmarcada con respetuosa e inteligente ecuanimidad de cualquier sesgo político que pudiera enviar mensajes e interpretaciones equivocadas al imaginario de unos y otros en torno al problema de la corrupción en El Salvador.

El firme posicionamiento de Estados Unidos contra la corrupción debilita cualquier despunte retórico de esos liderazgos políticos histriónicos que acostumbran señalar a sus oponentes con su índice al frente pero con tres dedos hacia sí mismos, dándose fingidos golpes de pecho por el mal que ha causado y causa al país la corrupción practicada desde todas las esferas partidarias y que ahora tienen a la hacienda pública complicada, a la economía del país postrada y peor aún a la economía familiar bien fregada.

En la realidad actual ya casi nada está oculto. Teatralizar hipócritas indignaciones por la opinión de la embajadora, o de otro diplomático que nos señale pecados sociales cometidos por rojos, verdes, azules, tricolores y descoloridos, no debería activar nuestra inmadurez ni provocar absurdos berrinches, ¡hombre, por Dios! Un favor nos hacen ante nuestra arraigada incapacidad de erradicar esa perversa práctica y la desvergonzada ceguera social que los salvadoreños practicamos a través de la omisión, la que nos hace cómplices silenciosos y alcahuetes de este mal.

Reconozcamos que hemos forjado una sociedad de corrupción, impunidad y complicidad que debemos redimir, reaprendiendo con humildad a vivir y convivir como sociedad de gente decente y honesta.

Años atrás, otro embajador norteamericano, antes de retirarse del país, hizo una proverbial referencia –en lenguaje bien nuestro, por cierto– acerca de nuestra endémica corrupción y nuestra cultura de las vivianadas, y dijo: “En El Salvador hay muchos gorrones” viviendo del Estado y su erario público, montados en la corrupción y la práctica de la irresponsabilidad fiscal en todas sus formas. Y el señor también tenía mucha razón.

La verdad es que “nos guste o no nos guste”, como dijo “el célebre gorrón” que vive extrafronteras, y uno de los tres últimos vivianes de la moderna corrupción nacional, los recientes hallazgos de las sagas de corrupción, impunidad y complicidad que están saliendo a luz pública no admiten falsas poses de nadie para justificar a tantos corruptos que están en un lado, en el otro y en el más allá.

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