Elogio del suegro

El pasado 3 de enero, en su casa de habitación, se durmió en la paz del Señor mi querido suegro, Edgardo Platero Gómez, hombre de gran valía a quien el destino me permitió conocer hace siete años, cuando me enamoré perdidamente de su hija Claudia, ahora mi esposa y madre de mis hijos.
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Conozco un sinnúmero de personas que, por diversas circunstancias, mantienen relaciones tensas con sus suegros. Nunca fue mi caso, gracias a Dios. Y hoy que don Edgardo ya se nos adelantó, luego de batallar por diez años contra el cáncer, agradezco al cielo no solo el haberme bendecido con un matrimonio como el que tengo, sino el darme la oportunidad de ir descubriendo en mi esposa, repetidas por vía sanguínea, muchas de las virtudes que adornaban a su amado padre.

Mi suegro quedó viudo trágicamente cuando sus tres primeros hijos todavía estaban en edades formativas. Con una fortaleza que luego le ve ríamos desplegar en su valiente lucha contra la enfermedad, Edgardo Platero se convirtió por necesidad en padre y madre a la vez, y todo eso mientras crecía profesionalmente en el competitivo mundo de los seguros, se forjaba un nombre propio en áreas todavía desconocidas en el país (el servicio de seguros agrícolas, por ejemplo) y velaba porque a su familia no le faltara nada.

De esta modélica actitud ante la vida y sus desafíos, los cuatro hijos de mi suegro aprendieron lo que ninguna universidad en el mundo habría podido enseñarles. Y fue eso precisamente lo que mi esposa, en la Misa de cuerpo presente, quiso externar en nombre del clan Platero:

“Siempre que alguien fallece, los discursos de familiares y amigos dicen más o menos lo mismo: ‘¡Qué bueno era!’ ‘Todo lo hizo bien’. Pero esta tarde yo estoy aquí para hablarles de un ser humano –mi papá– con defectos y virtudes, con sus grandezas y debilidades, como las tenemos todos, pero que supo ser un ejemplo de perseverancia, de fortaleza y, al final de su vida, de absoluta confianza en Dios.

La lección más grande que nuestro padre, esposo y abuelo nos pudo dar fue sobre todo en sus últimos años, luchando contra el cáncer a lo largo de una década y alcanzando una fe que le permitió ganarse el cielo. Porque yo quiero hablarles hoy del verdadero triunfo en un ser humano.

¿Fue mi papá un exitoso profesional de los seguros? Sí, lo fue. ¿Fue un esposo y padre que supo darnos todo lo que su familia necesitaba? Sí, desde luego. ¿Fue alguien que creó una empresa de la nada y logró desarrollarla? Sí, él también hizo eso. ¿Fue nuestro papá un hombre que supo sacar adelante a sus hijos incluso cuando enviudó, y después, cuando volvió a casarse, supo formarnos al lado de su amada Patricia? Sí, eso lo hizo también.

Pero todas esas cosas que el mundo califica de triunfos no habrían servido de nada si mi papá, al final de su vida, no se hubiera encontrado con Dios. Y ese encuentro con Dios es el que ahora ilumina todos los éxitos que nuestro padre y esposo tuvo en su vida. Y este éxito final, el más importante de todos, es el que me permite estar hoy delante de ustedes asegurándoles que esta tarde despedimos a un verdadero triunfador.

De parte de la familia agradecemos su presencia, y principalmente por estar hoy con nosotros compartiendo el triunfo de un hombre que se ha ganado el cielo. Que Dios les bendiga”.

Imposible mejor elogio fúnebre, querido suegro, ¿no le parece? Y hasta vernos otra vez, un fuerte abrazo de este su yerno.

Tags:

  • dios
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