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“Emergencia” y respuesta internacional

El lunes anterior fuimos testigos de un episodio más que en vez de tranquilizar, inquieta, para decir lo menos.
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El señor presidente, en cadena de radio y televisión, anunció la “declaración de emergencia como gobierno”, asociándola con las dificultades fiscales que está confrontando. El mensaje se viralizó en cuestión de segundos, pero pocos entienden el significado de ese estado de cosas, ni aun con el intento que hizo cuatro días después su secretario técnico por aclararlo. Porque las medidas anunciadas y su justificación, en esencia, solo recogen lo que la población ya se cansó de oír: más endeudamiento, la inviabilidad del régimen previsional –a partir, supongo, del inventado fracaso en Chile y Argentina–, la aprobación, por lo demás necesaria, de una Ley de Responsabilidad fiscal y, nuevamente, la reiterada austeridad, que no se ve por ningún lado.

Y dentro de los ofrecimientos para enfrentar la “emergencia” solo habló de desburocratizar los procesos administrativos (ya incluido en FOMILENIO II), activar los asocio público-privados –que después de más de tres años de aprobada la ley no se ha concretado nada– e impulsar el crecimiento, la productividad y el empleo. Ah, y el manido mensaje de llamar a la unidad, que de acuerdo con la experiencia se queda solo en discurso, influenciado sin duda por las actitudes divisionistas y confrontativas de los jerarcas del partido.

Lo peor es que ni parecen procesar las dimensiones del lío en que está metido el país, al poner todo el énfasis en la coyuntura. Es más, las medidas anunciadas ni se condicen con la mentada “emergencia”, ni las acciones anunciadas para retomar el cauce del crecimiento, la productividad y el empleo, con el desafío de sacar al país de la trampa descomunal que nos aprisiona –por las malas políticas, el populismo exacerbado y el despilfarro de los recursos públicos y la desconfianza en su estilo de gobernar–, mientras la corrupción siga campante, se castigue con más impuestos a todos, se exprima cada vez más a la clase media, persista ese odio visceral contra la empresa privada e instancias como la Sala de lo Constitucional, no se reduzca significativamente la delincuencia y sigamos considerando la prédica del chavismo como la tabla de salvación.

Esto lo ha percibido con toda claridad la comunidad internacional. Con la experiencia personal acumulada, aunque puedo estar equivocado, pienso que ningún país de América Latina ha tenido el privilegio de contar con el apoyo de organismos multilaterales y países amigos, como el que en las actuales circunstancias está recibiendo El Salvador. Yo quisiera pensar que esto no solo se debe a la situación calamitosa que estamos confrontando en casi todos los órdenes, sino también al gran esfuerzo que puso para que el país alcanzara la paz por la vía negociada, valor que para las naciones civilizadas y democráticas no se puede comprometer por la irresponsabilidad en el manejo de los asuntos públicos, la inquina contra la empresa privada, el irrespeto a la institucionalidad y sobre todo la falta de compromisos con nosotros mismos. Y lo único que nuestros amigos están pidiendo a cambio es que sumemos voluntades y que hagamos un esfuerzo genuino para evitar una situación que nos lleve al despeñadero. Pero, ¿cuál es la respuesta de los radicales enquistados en el gobierno y en la dirigencia en el partido?: La matonería, la ofensa y la descalificación.

A pesar de esta conducta propia de monos africanos, nuestros amigos reiteran una y otra vez que no nos abandonarían y en síntesis solo nos piden que hagamos la tarea que nos corresponde, empezando por reconciliarnos, reconocer nuestros problemas y las dificultades para enfrentarlos solos. Pero eso pasa también por proyectar a El Salvador como parte del mundo civilizado y democrático, valorar el significado de contar con amigos y ser más conscientes de nuestras propias capacidades. Porque también es inmoral extender la mano derecha como pordioseros, mientras se mantiene un garrote en la izquierda.

Tags:

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