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En El Salvador hay que promover efectivamente la inversión y para ello se requiere hacerlo con coherencia y realismo

Si no hay coherencia no puede haber seguridad. Y en este punto traemos a cuento un ejemplo verdaderamente patético de estos días: la forma en que el Gobierno y su partido oscilan en su tratamiento hacia Estados Unidos, cuando por una parte le solicitan apoyo y por otra le hacen reclamos agresivos de orden ideológico.
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Nuestro país carga con una serie de debilidades de alto riesgo que dificultan a cada paso el avance hacia el desarrollo, y eso hace que nos encontremos en situación interna muy insatisfactoria y que vayamos quedando a la zaga entre los países de la subregión centroamericana. Este no es un fenómeno nuevo, y por eso resulta más incomprensible que hasta la fecha no se haya dado ni siquiera un diagnóstico integral sobre lo que ocurre en toda esta temática tan decisiva para el país y para su sociedad en todo sentido. Parece que existiera un atascamiento insuperable en el plano de las percepciones sobre lo que es y sobre lo que debería ser El Salvador en esta precisa etapa de la evolución nacional e internacional, y eso nos pone en posición cada vez más vulnerable y deprimente, cuando lo que se necesita es creatividad, voluntad y visión.

Es cierto que hay esfuerzos parciales significativos en algunas áreas productivas, como el área industrial, el área agrícola y el área turística; pero ya está comprobado hasta la saciedad en los hechos que si no hay una base sólida y completa tanto de análisis como de planificación y programación no es posible poner en acción las energías que generan verdadero progreso. Se necesita producir, y para producir en serio hay que invertir en la medida de lo que se busca lograr. En otras palabras, no es realista bajo ningún concepto esperar que la inversión fluya por su propia cuenta: hay que crear las condiciones para que eso se dé. Como en cualquier cultivo, se precisa preparar el terreno y fertilizarlo de manera adecuada y oportuna.

Atraer inversión, tanto nacional como internacional, exige contar con ese terreno fértil. Y lo primero es saber qué se quiere y cuáles son las estrategias para que eso que se quiere pueda volverse realizable. En el país se carece de todos esos insumos, y para empezar ni siquiera tenemos definida una apuesta productiva nacional. Paralelo a esto, no contamos con análisis minuciosos sobre cómo competir con los otros países del área en función de lo que ellos ofrecen a los potenciales inversionistas. Debemos tener muy claras nuestras ventajas competitivas y nuestras debilidades propias para, a partir de ahí, estructurar un plan de atracción que cuente con los variados incentivos que nos den capacidad competitiva real y funcional.

Mencionamos en el título dos términos realmente determinantes: coherencia y realismo. Si no hay coherencia no puede haber seguridad. Y en este punto traemos a cuento un ejemplo verdaderamente patético de estos días: la forma en que el Gobierno y su partido oscilan en su tratamiento hacia Estados Unidos, cuando por una parte le solicitan apoyo y por otra le hacen reclamos agresivos de orden ideológico. La coherencia es básica y constituye un seguro de viabilidad en todos los campos de la actividad humana. En cuanto al realismo, hay que activarlo en todo momento y circunstancia para que las cosas puedan pasar de la intención a la realización.

Decidámonos a ser destino de inversión, haciendo valer todos los factores estructurales y coyunturales que apunten hacia ello. Cuando vemos que un país inmediato como Honduras activa un proyecto para alcanzar el liderazgo de la inversión en el área, la pregunta que al instante nos increpa es: ¿Y nosotros por qué no? Es hora de salir de los encasillamientos y los atrincheramientos absurdos para pasar a la dinámica de las ideas en acción y de los proyectos en movimiento. No hay ninguna excusa válida para evadir tal responsabilidad.
 

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