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En algún momento se tiene que detener el pimpón beligerante

Es hora de que los actores principales, que son en este caso políticos, bajen los niveles de refriega y se decidan a resolver el embrollo, que, de no ser tratado con la cordura propia de una mínima madurez democrática, se irá complicando cada día más...
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<p>&nbsp;</p><p>La situación nacional es compleja en muchos sentidos. Según sean los movimientos más llamativos del momento, así se ponen en evidencia más resaltante los distintos problemas y desafíos que nos asedian y nos agobian. Cuando se da un hecho tan peculiar como el pacto entre pandillas, el tema Seguridad salta a la primera línea de la atención pública. Hay instantes en que la crisis fiscal se hace sentir como lo más relevante. De pronto, los trastornos laborales en el sector público acaparan las primeras planas. Y ahora, el enfrentamiento institucional está haciéndose oír con fuerza. Y este es sólo un recuento de lo que más afecta la estabilidad y la credibilidad del país. </p><p>El pleito institucional que aparentemente es entre la Asamblea Legislativa y la Sala de lo Constitucional, pero que en verdad es entre fuerzas políticas por el control del poder, ya traspasó largamente los límites de lo permisible dentro de la normalidad democrática. Es hora de que los actores principales, que son en este caso políticos, bajen los niveles de refriega y se decidan a resolver el embrollo, que, de no ser tratado con la cordura propia de una mínima madurez democrática, se irá complicando cada día más, hasta dejar heridas profundas en el sistema institucional del país. Esta es responsabilidad de todos, y así tendrían que asumirla.</p><p>Hay que entender que la competencia democrática no es sinónimo de guerra entre facciones. Por el contrario, dicha competencia, cuando se maneja de manera seria y saludable, va acercando posiciones por su propia dinámica. Como vemos en las democracias más desarrolladas del mundo, en ellas las diferencias entre la derecha y la izquierda se van volviendo cuestiones de matiz, en vez de ser vistas como instrumentos para “destruir al enemigo”. Porque, para empezar, en la confrontación democrática no hay enemigos, sino adversarios; y esto se dice con frecuencia del diente al labio, pero anímica y estratégicamente parece que no ha calado lo suficiente. </p><p>El obstáculo principal que se manifiesta y que crece si no se le remueve adecuadamente consiste en que toda dinámica negativa se retroalimenta a sí misma, y en esa medida se va volviendo para cada uno de los involucrados en ella una cuestión de orgullo propio. Al final, ya los contenidos no importan, sino las gesticulaciones del pleito. Es verdaderamente lamentable y calamitoso que se haya llegado a esto en los más altos niveles de la institucionalidad, cuando más estamos necesitando lo contrario para atender y resolver los grandes problemas del país: armonía, confianza, creatividad y espíritu compartido de salir adelante.</p><p>Los políticos ya no pueden continuar encerrados en sus cápsulas de impunidad, como si esto no acarreara tan nocivas consecuencias. Esperamos de veras que se dé, lo más pronto posible, un giro hacia la racionalidad, por parte de todos, de tal manera que se entre en la ruta de las soluciones inmediatas, buscando hacerlo de tal forma que pueda arribarse a un entendimiento en el que no haya ni “vencedores” ni “vencidos”. Hay que pensar en la suerte del país, en la estabilidad del proceso democrático y en la responsabilidad que tenemos todos entre manos ahora mismo, que es enfrentar y resolver la complejísima problemática ante la que nos encontramos. </p><p>No es con salidas artificiosas, como la de acudir a una Corte centroamericana que carece de competencia y de credibilidad, que se va a resolver este enfrentamiento. Hay que hacer el debido esfuerzo entre nosotros, para que todos salgan bien parados de este atascamiento. </p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>

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