En busca de lo positivo pese a todas las adversidades

Los mensajes recibidos a raíz de mi Palestra del pasado lunes, en la que se hacían comentarios muy personales sobre el Mes del Amor y la Amistad, me mueven a escribir de nuevo en esa línea, que reconozco como la que más hace palpitar las fibras de mi sensibilidad desde siempre.
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Sé que la existencia es un trayecto plagado de retos y de dificultades, y mi experiencia de vida me lo dio a conocer así desde la más remota infancia, cuando tuve que sobrellevar los efectos de una familia desintegrada y reconocer la necesidad de hacerme valer como individuo desde las primeras etapas de la formación. Sobreprotección cero, gracias a Dios. Libertad prematura, gracias a Dios. La vida hay que empezar a vivirla cuanto antes, porque el tiempo siempre apremia.

Pues bien, vamos al punto, que en esta ocasión es el imperativo de activar la actitud positiva, independientemente de las circunstancias imperantes tanto en lo individual como en lo colectivo. Cada cabeza es un mundo, dice la sabiduría popular, que nunca falla; y si es así, lo que se impone es la necesidad de hacer que ese mundo personalizado se entrene en la valoración de lo positivo sin descuidar el tratamiento de lo negativo, que siempre existirá. Se trata, en primer término de tener la conciencia dispuesta a hacer constantes exámenes de lo que pasa, a fin de sentir en los hechos que la vida es un balance, y que dicho balance está determinado por la determinación personal de reconocer que nada es blanco o negro en términos absolutos.

Si el desaliento asoma, hay que desplegar los carteles de la esperanza. Si la angustia quiere tomar todos los puestos de la cotidianidad, hay que sacar a relucir las piezas de la ilusión. Si la queja busca multiplicarse, hay que ir en busca de los apoyos de la fe. Si la amargura se propone contaminar todo lo que encuentra a su alrededor, hay que poner en actividad los antídotos del buen ánimo. Y todo esto para asegurar tanto la salud del alma como la salud del cuerpo. En alguna ocasión un experto me dijo: “La frustración, el dolor y la cólera, si no reciben el adecuado y oportuno tratamiento, conducen directamente al infarto cardíaco, al traumatismo cerebral y al cáncer en cualquiera de sus formas”.

Aunque tenga tantos argumentos en contra, el optimismo es un elíxir sanador de la mejor calidad. Evoco aquí una anécdota personal al respecto. Allá en enero de 2012, se conmemoró en París el XX anivrersario de la firma de la Paz en El Salvador. Fue un acontecimiento universitario del máximo nivel, que organizó la Embajada de El Salvador en Francia. Estuvimos cuatro firmantes: Salvador Sánchez Cerén, Nidia Díaz, Óscar Santamaría y el autor de esta columna. Asistían también el peruano Álvaro de Soto, notable intermediador en nuestro proceso de negociación, y Federico mayor Zaragoza, que fue excelente Director General de la UNESCO en aquellos tiempos.

En algún momento de las exposiciones, uno de los jóvenes participantes me dijo: “Usted es optimista, ¿verdad?” Desde luego le respondí que sí. Cuando le tocó el turno de hablar a Federico Mayor, dijo: “Yo no soy optimista, porque a mí me han dicho que los optimistas son pesimistas mal informados”. Cuando me volvió tocar el turno respondí con algo de mi cosecha: “A mí también, como a mi amigo Federico, me han dicho que los optimistas son pesimistas mal informados; pero también me han dicho que los pesimistas son optimistas bipolares…”

Anécdotas aparte, hay que tener presente que lo positivo es lo único que construye. Y lo positivo tiene que ser identificado y activado por cada quien entre todas las marañas posibles. Sumergirse en la negatividad es negarse a vivir en serio. Y si nos negamos a vivir, ¿para qué estamos vivos? Nuestro ambiente social y político está sobrecontaminado de negatividad irrespirable. Es hora de abrir ventanas, y las primeras ventanas por abrir son las del espíritu personal.

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