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En camino hacia las elecciones próximas, hay que entender el reto como un todo

La coyuntura electoral que se vive en este año y en el siguiente es parte de una dinámica de fechas que desde luego gana hoy más protagonismo porque se presenta cuando la realidad está moviendo los esquemas partidarios hacia un plano mucho más congruente con la dinámica propia de la evolución democratizadora.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Los partidos políticos, que vienen de ser sujetos prácticamente omnipotentes en el desempeño de sus funciones, están hoy cada día más expuestos al foco público y más compelidos a respetar los límites de su condición representativa, lo cual hace que los viejos esquemas vayan quedando atrás y que se replantee la relación entre la ciudadanía y las fuerzas políticas.

En tal sentido estamos ya en plena campaña, y no sólo para las legislativas y municipales de 2018, sino más intensamente para las presidenciales de 2019. Los tiempos se acortan de manera acelerada, y ya falta un poco más de un mes para las elecciones de este año y un poco más de un año para las del próximo. Y aunque viene siendo evidente en las elecciones anteriores, específicamente en lo que a la escoger Presidente se refiere, que las figuras han pesado mucho más que las propuestas y los programas presentados, en esta ocasión van girando las cosas: las personalidades siguen estando en primer plano, pero el factor propositivo va ganando más relevancia.

Una de las características de mayor relieve en la doble contienda en la que estamos inmersos es el vínculo entre las decisiones electorales y la situación general del país, que presenta muchos requerimientos de cambio. Aunque desde luego hay aspiraciones de continuidad, ahora hay menos anticuerpos que antes en relación con la posible alternancia. Y es que la experiencia de la continuidad por largo tiempo al frente de la conducción nacional dejó lecciones muy desafortunadas, y en cambio la experiencia de la alternancia desmontó muchos de los prejuicios catastrofistas que se habían acumulado al respecto. Todo esto influirá sin duda en los posibles resultados que salgan de las urnas.

El Salvador, como país que es un catálogo de transiciones desde el fin del conflicto bélico, resulta un escenario caracterizado por los dinamismos renovadores, pese a que las resistencias a la renovación estén tan arraigadas en el ánimo nacional, sobre todo en lo que corresponde a los sectores y a los actores políticos, que parecieran no querer desprenderse de las tentaciones del absolutismo tradicional. En estos días, sin embargo, se nota que viene creciendo la conciencia ciudadana en pro de una democratización sin fracturas ni retrocesos, y esa es una tendencia que proviene principalmente de los jóvenes, que se van sumando de manera visible al dinamismo participativo.

La coyuntura histórica que se está viviendo en el país es propicia al máximo para reconocer lo que los salvadoreños venimos viviendo, vivimos en el presente y podríamos vivir en el futuro. Este, pues, es un momento multidimensional, en el que pareciera que hay una conjunción sin precedentes de factores que nos permiten vernos desde todas las dimensiones, como en un revelador salón de los espejos. Eso hace, por ejemplo, que las cruciales elecciones que culminarán en 2018 y en 2019 tengan una connotación unificadora de posibilidades como nunca antes. No es que los resultados de estos comicios vayan a quedar fijos en el tiempo; por el contrario, de lo que se trata es de movilizar, en clave verdaderamente modernizadora, pasado, presente y futuro.

Hay que hacerse cargo, y lo tenemos que hacer todos, de que el país necesita decisiones sabias y compromisos confiables. Ese es hoy el marco de la agenda nacional.

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