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En cuanto al desarrollo, habría que pasar de las percepciones al plano de las evaluaciones

En estos tiempos, si se dejan pasar los momentos en que las oportunidades están vivas, éstas no sólo se esfuman sino que dejan huecos que difícilmente podrán ser llenados con otras oportunidades. El caso patético del Puerto de La Unión es el más lacerante ejemplo de ello.
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En nuestro ambiente hay un constante juego de opiniones, muy confrontativas las más de las veces, sobre el tema del desarrollo nacional en los hechos. Desde los ámbitos oficiales, como es tendencia predominante en todas partes, las opiniones y las declaraciones tienden a inclinarse interesadamente hacia lo positivo; y desde el lado de la oposición política y de los enfoques ideológicos contrarios a la línea gubernamental lo que se presenta es la otra cara de la moneda. En nuestro caso presente, esos contrastes son aún más agudos porque las fuerzas políticas principales, que tienen sus propios aliados en los ámbitos socioeconómicos, se hallan aún ideológicamente en las antípodas, con muchas ataduras a los esquemas del pasado.

Para hacer balances que puedan corresponder a lo que realmente se está dando en áreas como el crecimiento y el desarrollo, habría que partir de enfoques que no tengan carga previa sino que busquen calibrar lo que muestra el fenómeno real. Es claro, de entrada, que El Salvador ha tenido un retroceso comparativo en relación con los otros países del área. En el pasado, cuando padecíamos lastres como la condición antidemocrática de nuestro esquema de vida política, llevábamos la delantera en lo tocante al impulso económico, y eso nos daba una confiabilidad muy significativa. El tema del café es muy revelador al respecto: estuvimos por mucho tiempo en la primera línea de la producción internacional, pero los errores de estrategia en el plano económico nos llevaron a estar a la zaga, con serios riesgos de inviabilidad productiva. Y es que las malas decisiones estratégicas, sean por acción o sean por omisión, siempre se pagan a precios desmesurados.

En un mundo cada vez más interactivo como es el mundo global de nuestros días, andar sin rumbo es no sólo perder oportunidades a granel sino quedar a merced de lo imprevisible. En estos tiempos, si se dejan pasar los momentos en que las oportunidades están vivas, éstas no sólo se esfuman sino que dejan huecos que difícilmente podrán ser llenados con otras oportunidades. El caso patético del Puerto de La Unión es el más lacerante ejemplo de ello.

Ahora tenemos estancado el crecimiento económico, y eso es evidente con independencia de las opiniones que se viertan al respecto. Cada quien tiende, desde luego, a opinar según su interés; pero eso no puede ni debe evitar que las evaluaciones concretas y desapasionadas sobre los hechos sean las que hagan ver lo que en verdad sucede. No estamos creciendo en los niveles y a los ritmos que son necesarios, y por consiguiente nuestro desarrollo carece de la vitalidad y de la solidez requeridas para que el progreso dé los frutos esperados.

Si algo se vuelve cada día más urgente en el país es contar con una política de desarrollo que contenga todos los elementos de estrategia y de planificación que la hagan viable y eficiente. Tenemos que ponernos a tono con las realidades nacionales e internacionales, a fin de ya no seguir dando palos de ciego. El realismo y la creatividad se vuelven, entonces, elementos fundamentales para entrar en un nuevo rumbo.

Sin desarrollo, todo lo demás queda en el aire. Eso lo estamos viviendo angustiosamente en el día a día, a costa de la estabilidad y de la seguridad. Hay que hacerse cargo de este reto decisivo si queremos de veras salir adelante.

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