En el Día del Amor y la Amistad rindámosle homenaje al sentimiento más humano de todos

Estar en la tierra, respirando el aire vivo y compartiendo la luz que nos asiste cada día es ya un privilegio, independientemente de cualquier otra circunstancia personal.
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Este sábado es 14 de febrero, Día del Amor y la Amistad. En otros tiempos la fecha se caracterizaba como Día de los Enamorados. Son distintas dimensiones de lo mismo: ese sentimiento que es el motor positivo más potente del ser y del quehacer humanos. Si se quisiera hacer un recuento de lo que se ha pensado y se ha dicho del amor a lo largo de los tiempos sin duda estaríamos ante una enciclopedia infinita; pero lo que en verdad importa, en cada minuto y en cada día, es la vivencia personalizada, sea en clave individual o en clave social. Aquí no estamos refiriéndonos a un concepto intelectual, sino a una pulsación del alma.

Y es que el amor es hijo legítimo del alma. Ahí está la clave de su origen y la revelación de su significado. En el catálogo de los sentimientos humanos, el amor se halla siempre en primera línea. Es un efluvio envolvente, que transforma de manera virtuosa todas las atmósferas. Y en estos tiempos en los que la cólera, la frustración y el dolor parecen ganar cada día más espacio, reconocer y promover los oficios salutíferos del amor se vuelve imperativo de supervivencia. En tanto tengamos disponible este remedio milagroso, todas las adversidades pueden ser puestas bajo control. Pero hacerlo requiere convicción y afán.

Definir el amor es como querer describir una fragancia mágica. Lo verdaderamente importante es animarse a experimentarlo, en todas sus expresiones. Hay, desde luego, distintas formas de amor, que van desde el amor al prójimo hasta el amor a la pareja entrañable. Y, en todo caso, hay que partir de las bases de todo amor posible, que están en la más profunda interioridad de la persona. Lo primero es amarse a sí mismo, no en clave egoísta, por supuesto, ya que esa es una distorsión pervertidora, sino en función liberadora de todas las potencias espirituales propias. No en balde se nos ha ordenado desde Arriba: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.

En el Evangelio de San Juan se lee: “Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros, así como yo os he amado. No hay otro amor mayor que dar la vida por los amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer. No me escogisteis vosotros a mí, sino que os he escogido yo, y os he destinado para que vayáis y llevéis fruto y vuestro fruto permanezca, para que cuanto pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando; que os améis unos a otros”. Y más aún, en el Evangelio de San Lucas está el mandato más sublime y más difícil: “Pero os digo a vosotros que me escucháis: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen; bendecid a los que os maldicen, rogad por los que os calumnian”. Y más adelante: “No juzguéis , y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados”.

Maravilloso legado. Y, conocido el mandato superior, el que ni siquiera se proponga amar al enemigo no está en sintonía cristiana, independientemente de los ritos que cumpla. No olvidemos que también se dijo: “Misericordia quiero, no sacrificios”, refiriéndose a la ritualidad externa. En verdad, hay que hacer del amor la práctica fundamental de cada día. Y esto no sólo para hacernos merecedores del don divino sino también para volvernos beneficiarios del don humano.

Pero desde luego tenemos también a nuestra disposición la expresión más íntima, gozosa y gratificante del amor, que es la que se vive en pareja. Este día, quiero reproducir en esta página un soneto de los muchos que forman el “Libro del fiel” (1998-2004), reservorio de sentimientos amorosos en homenaje a Titi, mi esposa. Dice así: “Si naciera otra vez no pediría/ ningún cambio esencial. De lo sabido/ tengo a punto las claves. Conocido,/ ya lo desconocido me hablaría.// Lo sufrido se vuelve cercanía./ Lo gozado se alía a lo perdido./ Y en volver a vivir lo repetido/ tendría original sabiduría.// No pediría más. Lo ya pedido/ basta para acogerme a la amnistía/ de un antiguo poder recién nacido.// ¿No pediría más?... Sí, pediría/ que desde el primer día revivido/ tú reinaras en mí, señora mía”.

Este, pues, es el Día del Amor y la Amistad. Y la misión de este día es convertirse en surtidor que lance destellos sobre todos los otros días del año. Necesitamos urgentemente, aquí y en todas partes, intenciones y efusiones positivas. Estar en la tierra, respirando el aire vivo y compartiendo la luz que nos asiste cada día es ya un privilegio, independientemente de cualquier otra circunstancia personal. Amemos la vida, para empezar a agradecer dicho privilegio.

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  • amor
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