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En el camino del proteccionismo

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Roberto Rivera Campos / Colaborador de LA PRENSA GRÁFICA

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“No conozco mucho de los aranceles a las importaciones, pero sí sé que si compro un abrigo en Inglaterra tendré un abrigo e Inglaterra tendrá el dinero. Pero si lo compro en América, tendré el abrigo y América tendrá el dinero”. Así expresaba sucintamente Abraham Lincoln su perspectiva proteccionista.

Hasta acá el argumento parece contundente, pero está inconcluso. Si se compra el abrigo de Inglaterra, la pregunta pertinente es qué haría después ese país con los dólares. Obviamente, tarde o temprano, directa o indirectamente, alguien con esos dólares terminaría comprando otros bienes producidos en Estados Unidos. El resultado sería que el comercio entre ambos países se dinamizaría, y, seguramente, el empleo que no se pudo generar en la producción de abrigos se activaría en la producción de los otros bienes.

Un aumento de los impuestos a la importación de abrigos para inducir a comprar el abrigo estadounidense habría mejorado los ingresos de los fabricantes de abrigos, pero dañado el bolsillo de los que buscaban protegerse del frío.

Cuando se trata de bienes como el acero y el aluminio, a los cuales el presidente Trump anunció el jueves el aumento de aranceles, los consumidores estadounidenses pagarán más por aquellos bienes que utilizan acero y aluminio para su producción, ya sea directamente como insumo o a través del costo de la maquinaria que requiere esos materiales.

Debido al proteccionismo en los años ochenta, se calcula que una reducción de la importación de vehículos japoneses y el correspondiente aumento de precios le costó a los consumidores estadounidenses $350 millones en el primer año y se salvaron 10,000 empleos en el sector. Estas cifras significarían que, como dice Buchholz en su libro “Nuevas ideas de economistas muertos”, la economía pudo haber pagado a cada trabajador hasta $35,000 anuales y pedirles que se quedaran descansando en casa. Menos consumidores pudieron adquirir vehículo y los que sí lo hicieron se quedaron con menos dinero para adquirir otros bienes, con lo cual se perdió empleo en otros sectores.

La imposición de mayores aranceles a las importaciones unilateralmente por un país desata además una guerra de represalias por parte de los países afectados. China ha anunciado que responderá de una manera apropiada ante el aumento de los aranceles del presidente Trump. Similar respuesta han dado otros países europeos. Algunos inicialmente buscan calificar en las exenciones.

Pero una represalia de aumento de aranceles a bienes producidos en Estados Unidos desencadenará iguales efectos en el segundo país y terminará castigando de igual manera a sus propios consumidores y empresas que suministran insumos a los bienes en cuestión. El fenómeno se multiplicará internacionalmente y los costos para consumidores y productores escalarán.

Técnicamente hablando, el aumento unilateral de aranceles y la guerra de represalias que desata constituyen al final de cuentas una contracción de la oferta agregada de la economía y, como resultados, se encarecen todos los productos y se frena la expansión de la economía mundial.

El argumento, sin embargo, sobre el libre comercio no es fácil de vender políticamente y el entorno mundial de amenazas percibidas por las potencias económicas hoy es propicio para que algunos reaccionen con medidas proteccionistas. El mundo está moviéndose en esa dirección. Como se sabe “America First” es sinónimo de proteccionismo.

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