En el momento presente de la realidad nacional lo que esta exige es generar armonías básicas

Han pasado las elecciones legislativas y municipales de 2015, y de nuevo el mensaje más relevante del electorado apunta hacia lo positivo: hacer valer en los ámbitos locales el desempeño sobre la pertenencia partidaria; y, en lo que se refiere a la composición de la nueva legislatura, mantener la tendencia a los balances de poder, con las variantes del momento.
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En el momento presente de la realidad nacional lo que esta exige es generar armonías básicas

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 El electorado salvadoreño parece consolidado en la tendencia a repartir llaves, sin darle nunca a nadie el llavero completo. Esto, sin duda, es lo más saludable para el país y para su proceso, aunque siga costando mucho que los distintos actores nacionales, y en particular los políticos, lean con la debida perspicacia y responsabilidad los mensajes reiterados de la ciudadanía.

No nos cansaremos de mantener un criterio que se nos viene haciendo imperativo desde hace ya mucho tiempo, prácticamente desde que estábamos inmersos en el esfuerzo negociador que condujo no sólo al fin del conflicto por la vía política sino también, y de manera inequívoca, a la consolidación creciente de nuestro proceso democrático. Ese criterio podría resumirse en una frase: cualquier forma de progreso alcanzable parte de un ejercicio integrado de nación. Porque El Salvador, por más que queramos esquivar esa verdad estructural, es una nación; es decir, un todo que tiene características propias y destino en común. Y en ese todo hay afinidades y diferencias, que al conjugarse hacen que la identidad se haga reconocible.

Como siempre, la trillada pregunta del millón es: ¿Por qué hemos sido tradicionalmente tan reacios los salvadoreños a reconocernos como ese todo que somos, cuando hacer dicho reconocimiento de lo propio es tan natural en tantos otros países? Esto hay que asociarlo con un problema de distorsión vinculado con las formas de vida política y social. Distorsión que tiene un protagonista inconfundible: el poder. Un poder a la vez infantiloide y prepotente, que ha sido el principal adversario del progreso. Por eso necesitábamos y necesitamos tanto la democracia, que tiene como una de sus funciones esenciales la educación permanente del poder.

Si el poder no madura en consonancia con la evolución de la sociedad como sujeto histórico, se vuelve imposible construir y desplegar eso que mencionamos en el titular de esta columna: las armonías básicas. Dichas armonías no son acuerdos casuales ni simples declaraciones formales; se trata en verdad del convencimiento compartido de que la base de todo buen desempeño está en la unidad de fuerzas y en la unificación de esfuerzos. Para armonizar hay que reconocer sin resistencias artificiosas los propios límites y respetar de igual manera los límites ajenos. Tarea pacificadora por excelencia, de la que dependen todos los avances modernizadores.

Todo lo anterior va directamente relacionado con la forma en que se ejerce el poder político, en las distintas áreas y niveles del mismo. Si la política no es capaz de armonizar en lo fundamental, eso imposibilita el desempeño adecuado en todos los otros campos del quehacer nacional. Deberíamos tenerlo sabido sin reservas a partir de la experiencia histórica acumulada. Casi todos nuestros males tienen como fuente originaria la resistencia a aceptar que la armonía dinámica es el fertilizante insustituible del sano vivir nacional.

Salgamos de la trampa de creer, con tozudez atávica, que la guerra sorda es un estado natural de vida. Los salvadoreños ya tuvimos la experiencia de haber llevado la división interna hasta el conflicto bélico en el terreno. Prácticamente desde nuestros inicios como ente soberano la sociedad vivió el distorsionante empeño divisivo. Pero la solución política de esa guerra que llegó a ser inevitable porque nadie se propuso evitarla a tiempo abrió un nuevo ciclo histórico de proyecciones ilimitadas: el ciclo de la integración nacional en clave evolutiva.

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  • elecciones
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  • proceso democrático

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