En el país hay que replantear muchas cosas, y la primera sería el tratamiento de los problemas, que debe ser integral e interactivo

A estas alturas del tiempo, nos van quedando muy pocos márgenes para salir de los múltiples atolladeros que nos rodean; y por eso la sensación de estar atrapados en lo inevitable ha ganado tanto terreno anímico en el ambiente nacional.
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Estamos viendo a cada instante el brote de las situaciones problemáticas prácticamente en todos los espacios de la vida nacional. Hay insuficiencias e irregularidades persistentes en las áreas de salud y de educación; en lo que a seguridad se refiere, las inconsistencias, los vacíos y los trastornos están a la orden del día; la productividad agrícola sufre deficiencias casi paralizantes desde hace mucho; la escasez de oportunidades de superación personal, familiar y social actúa como factor erosivo del progreso; la intolerancia promotora de la violencia hace de las suyas en los distintos planos de las relaciones humanas; y así podríamos seguir enumerando factores de alto riesgo para la convivencia pacífica y para el logro de la prosperidad compartible.

Si algo nos ha complicado las cosas a los salvadoreños en el curso del tiempo ha sido que nunca se ha dado en nuestro ambiente nacional una buena práctica en el abordaje de los problemas, ni siquiera de aquellos más sencillos y manejables. Por el contrario, la tendencia obsesivamente persistente viene siendo el dejarlo todo a su suerte, como si las situaciones necesitadas de tratamiento se pudieran resolver por su cuenta. Esta actitud básicamente irresponsable no sólo no lleva a ninguna parte sino que se convierte en la fuente que nutre los mayores despistes y las peores aberraciones.

A estas alturas del tiempo, nos van quedando muy pocos márgenes para salir de los múltiples atolladeros que nos rodean; y por eso la sensación de estar atrapados en lo inevitable ha ganado tanto terreno anímico en el ambiente nacional. La conducción política, que por su propia índole tendría que asumir un rol orientador en todo este ámbito, lejos de reconocer tal compromiso se ha vuelto la principal gestora del error establecido. Es por eso que aquellos que salgan a la competencia para tomar las riendas ejecutivas en el próximo período presidencial están llamados no sólo a hacer ofertas típicamente electorales, al estilo tradicional que se ha vuelto cada vez más inoperante, sino a plantear iniciativas que les permitan conectar efectivamente con la población en lo más sentido de sus peticiones y sus exigencias.

Como decimos en el título de este Editorial, el tratamiento de los problemas debe ser integral e interactivo, lo cual significa que si bien cada problema merece un enfoque y una asistencia muy propios, derivados de su específica naturaleza, hay que reconocer que la suma de la problemática es una serie de enlaces que permiten ver la realidad en conjunto y tratarla también en conjunto, porque en definitiva todo se da en el mismo escenario nacional y dentro del mismo esquema estructural.

Esto se ve muy claramente en lo que corresponde a dos de los problemas más graves que padecemos: la inseguridad ciudadana y el raquítico crecimiento económico. Sin seguridad no se activan las inversiones ni se despliegan las oportunidades; y si la economía no crece como se necesita, los factores que estimulan la delincuencia y el crimen se siguen desplegando con toda libertad. Lo pertinente, pues, es establecer una estrategia que reúna iniciativas en ambos sentidos, de tal manera que los resultados puedan ser focalizados e integrados a la vez.

En tal sentido resulta indispensable la inteligencia funcional, que es lo que pareciera no querer asomar en el ambiente, y por eso estamos como estamos.
 

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