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En el taller

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Desde muy pronto en la vida me ha venido creciendo la conciencia de que la práctica del arte, en cualquiera de sus expresiones, es, dentro del ámbito íntimamente humano, mucho más que un ejercicio de creatividad: constituye un estímulo incansable para la autorrealización existencial y para la sanidad mental y espiritual. Lo digo por experiencia propia, pues desde que allá, en la remota infancia y entre los aires campesinos, me surgió el impulso espontáneo de expresarme por medio de la poesía, tal impulso me ha servido, sin proponérmelo, como el mejor antídoto contra los quebrantos familiares de entonces y como la más cálida efusión fertilizadora de las fuerzas interiores de siempre. La literatura ha sido para mí una especie de vehículo insuperable para transitar por todas las rutas del destino, y esa posibilidad se me magnificó providencialmente cuando empecé a compartir la existencia con Titi, que es creadora pictórica y escultórica en expresión suprema. El arte convivido de manera mutuamente estimulante, sin reservas de ninguna índole, es la más animosa plataforma de la convivencia feliz. Y eso hay que agradecérselo, en primer lugar, a las fuerzas superiores que nos acompañan en las estancias del alma. Esta mañana de domingo estamos Titi y yo en nuestro taller compartido, cada quien en lo suyo y ambos en armonía fluyente. Ella pinta un árbol y yo escribo sobre un hilo de hormigas. A través de los cristales el aire nos saluda con la efusión de siempre.

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