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En el último medio siglo El Salvador ha hecho una trayectoria que parece un relato inverosímil

El no haber tenido voluntad democratizadora en ninguna de las etapas del pasado nos ha pasado una gruesa factura, que afortunadamente, hasta la fecha, hemos sido capaces de ir cubriendo con el pago de los intereses correspondientes.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Columnista de LA PRENSA GRÁFICAEstamos en el año 2018, y si echamos una mirada abarcadora de lo sucedido en el país en las 5 décadas anteriores de inmediato se nos aparece un mosaico de hechos y de situaciones que tiene todas las características mezcladas del impresionismo y del expresionismo en conjunción dinámica. Esto, de entrada, tiende a crear percepciones confusas e inquietantes sobre la realidad, y más aún cuando la expansiva apertura de fronteras que trae consigo la globalización hace que haya un tránsito cruzado de experiencias, de aspiraciones, de ansiedades y de peligros que no parecen tener fin. No es casual, entonces, que los criterios tradicionales para entender lo que pasa en los hechos se hallen ahora en crisis irreversible por todos los rumbos del mapamundi.

En ese escenario, del que nadie puede escapar porque la globalización no admite opciones privilegiadas, nuestro país está tratando de sobrenadar sus propias corrientes, que vienen desde siempre pero que en los decenios más recientes han experimentado y continúan experimentando pruebas de resistencia verdaderamente cruciales. Nos ubicamos, pues, en un espacio temporal que arranca en 1969, con la llamada Guerra de las 100 horas entre El Salvador y Honduras, y que puso el tema de nuestra emigración en evidencia anunciadora, aunque en aquellos momentos no se percibiera así. E inmediatamente después vinieron las señales de ruptura dentro de la izquierda, con el surgimiento de los primeros grupos guerrilleros, ya en 1970, cuando surgen las FPL (Fuerzas Populares de Liberación). El otro sujeto de la guerra interna, no prevista pero ya históricamente inevitable, estaba haciéndose visible.

La década de los años 70 fue lo que ahora podemos llamar de preguerra, con una violencia política que se había convertido en bilateral, en abierto contraste con lo que ocurría en los decenios anteriores, cuando era el poder establecido el que ejercía dicha violencia por medio de la persecución, de la muerte y del exilio. Los que vivimos todos aquellos años en el país tenemos evidencia inmediata y vivencial del tránsito que se producía en el campo de los hechos. Circulaban diversas percepciones sobre lo que estaba ocurriendo, y prácticamente nadie tenía una idea clara de lo que podría venir. En el ámbito guerrillero predominaba la convicción de que el choque final sería de muy corta duración, y eso se acentuó cuando los sandinistas tomaron fácilmente el poder en 1979; y en el ámbito gubernamental y de sus fuerzas de apoyo se creía que el país no tenía condiciones para una guerra en forma y que, por consiguiente, no habría mayor dificultad en imponerse en el terreno.

La guerra llegó en 1980, y ya en enero de 1981, cuando el FMLN lanzó lo que llamó la Ofensiva Final, quedó claro que el conflicto bélico iba para largo. En efecto, en vez de medio año duró casi 12 años; y fue un conflicto armado con todas las características de tal, contra lo que opinaron muchos en las antesalas del mismo. Como hemos traído a la reflexión en distintos momentos, lo curioso es que ninguna de las fuerzas beligerantes, pese a los enormes apoyos con que contaron dentro de la lógica de la Guerra Fría, pudo alzarse con la victoria militar. ¿Quién iba a decirlo? Cada quien tuvo que aceptar, no sin retorcimientos dolorosos, la solución negociada, que era sin duda la que le convenía al país, que se la había ganado con el heroísmo cotidiano de su población. Así entramos en esta posguerra que ya está en fase de tránsito hacia una normalidad dificultosa pero inevitable.

En medio siglo, pues, los salvadoreños nos hemos tenido que enfrentar a contingencias y a desafíos que no nos han dado tregua. Es como haber vivido y en muchos sentidos seguir viviendo dentro de un laboratorio de pruebas siempre cambiantes, y en con gran frecuencia imprevisibles. El no haber tenido voluntad democratizadora en ninguna de las etapas del pasado nos ha pasado una gruesa factura, que afortunadamente, hasta la fecha, hemos sido capaces de ir cubriendo con el pago de los intereses correspondientes. A estas alturas podemos avizorar el futuro con más capacidad de certeza que nunca. No olvidemos ni un instante que la normalidad es lo más complicado y lo más retador, pero contamos con suficiente entrenamiento histórico para salir adelante. Es lo que merece el país y toda su gente sin excepción.

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